Félix Ángel Moreno Ruiz

lunes, 9 de abril de 2018

LA CLAVE NÉMESIS de Iñaki Martín Velasco



 VENGANZA JUSTICIERA

 
La clave Némesis es la primera incursión en el género novelístico del escritor gaditano  de relatos Iñaki Martín Velasco (San Fernando, 1971). Publicada por la editorial cordobesa Almuzara, nos cuenta, utilizando la estructura paralela, dos historias que en apariencia son independientes, pero que luego se interrelacionan al final del libro de forma sorprendente: por una parte, la investigación de un terrible crimen que lleva a cabo Denis Martel, un inspector de la Interpol, que ha elegido este destino como una especie de retiro anticipado y que está atravesando una difícil situación personal. Por otra, la aventura absurda que vive Adrian Seaten, un alto ejecutivo norteamericano, quien, tras sufrir un aparatoso accidente automovilístico cuando viajaba en compañía de Laura, una empleada de su agencia de publicidad, termina malherido en una playa andaluza, aparentemente desierta y de difícil acceso.

La clave Némesis contiene todos los ingredientes del thriller anglosajón más comercial (y, también, más convencional): una trama compleja, repleta de momentos álgidos para mantener la atención del lector, capítulos breves con el fin de evitar que la acción se ralentice, introducción de elementos eróticos y sentimentales en una historia trepidante, que lleva a los personajes a viajar por distintos continentes en un continuo juego de espejos, en el que nada es lo que parece.

lunes, 19 de marzo de 2018

MIS ESCRITORES DE GÉNERO POLICÍACO PREFERIDOS (II)


Siempre me ha interesado la novela negra mediterránea en general y la italiana en particular, quizás por una cuestión de cercanía, de identificación con su cultura, su gastronomía o su forma de entender la vida. De ahí que procuro estar al tanto de las últimas publicaciones del griego Petros Markaris o de los nuevos valores como el romano Antonio Manzini o el parmesano Carlo Lucarelli. Pero hay dos autores a los que profeso gran devoción porque me han permitido disfrutar de numerosas horas de lectura entretenida o me han hecho reflexionar sobre la condición humana.
El siciliano Andrea Camilleri (Porto Empedocle, 1925) es el creador del ya universalmente famoso comisario Montalbano. En principio, solo iba a publicar dos novelas (La forma del agua y El perro de terracota); sin embargo, decidió continuar la serie cuando el favor del público le obligó a dar vida de nuevo a un personaje que, desde entonces, lleva protagonizadas más de veinte novelas y unos cuantos  libros de relatos. ¿Cuáles son las claves de este rotundo éxito? En primer lugar, cabe destacar unos personajes que se convierten en cercanos y entrañables a base de repetir sus rasgos característicos: Salvatore Montalbano, un policía íntegro, irónico y descreído, amante de la buena mesa y de la mejor literatura, y algo reacio a acatar órdenes; su novia Lidia, una mujer inteligente y apasionada; el inepto y voluntarioso Catarella, con sus equívocos lingüísticos y sus golpes en las puertas; el eficiente Fazio, cuyo único defecto es la manía malsana de escribir largos informes que parecen sacados de un registro civil; el subcomisario Augello, paradigma del italiano mujeriego, vividor y narcisista; el doctor Pasquano, forense perspicaz y siempre malhumorado. Todos ellos y muchos más (Galluzzo, Nicolo Zito, Jacomuzzi, Bonetti Alderighi, Ingrid) conforman una pléyade de personajes fácilmente reconocibles por el lector desde que abre la primera página de cualquiera de las novelas de la serie. Esto ocurre también con situaciones que, siempre presentes, ayudan a crear un universo camilleriano único e inconfundible: el comienzo de la novela con el despertar del comisario y el parte del tiempo de esa mañana, los melancólicos paseos por la playa de Marinella, los solitarios baños en el mar, las pantagruélicas comidas (siempre de pescado y de pasta, nunca de carne) en la trattoria y el posterior paseo por el puerto para hacer la digestión mientras Montalbano reflexiona sobre el caso que tiene entre manos, las peleas telefónicas con Lidia, los tirones de oreja del jefe…. Si a esto añadimos una forma de narrar sobria y efectiva, inspirada en los libros que Georges Simenon escribió sobre el comisario Maigret (al que Camilleri adaptó para una serie cuando trabajaba en la RAI), unas historias bien estructuradas, unas tramas y una ambientación realistas y cercanas, entonces comprenderemos tan merecido éxito y por qué el nonagenario escritor es considerado, con justicia, uno de los más grandes creadores de novela negra de todos los tiempos.
Nacida en Estados Unidos, pero de origen italiano y afincada en Venecia desde hace muchos años, Donna Leon es una de las escritoras a la que recurro cuando deseo leer una historia sencilla, solvente y bien escrita. Tengo que reconocer que sus novelas no destacan, precisamente, por una trama policíaca compleja ni por una gran cantidad de sospechosos (de hecho, los finales no suelen ser especialmente sorprendentes), pero Guido Brunetti, el comisario protagonista de gran parte de su narrativa, representa el paradigma de persona tranquila y buena: siempre respetuoso con sus semejantes, poseedor de una fina ironía (que le permite la convivencia con su jefe, el inepto y arribista vicequestore Patta), buen padre, fiel amigo y mejor compañero, observa la realidad que le rodea con el distanciamiento propio de un hombre culto e inteligente. Desde luego, es un policía atípico en el panorama literario del género negro, donde abundan los sabuesos desquiciados, alcohólicos, enfrentados con el mundo y con ellos mismos, que arrastran numerosos traumas y problemas personales. Por el contrario, a través de los ojos de Brunetti vivimos el día a día de un policía corriente, que va dando un paseo o coge el vaporetto para ir a la comisaria (como haría cualquier veneciano), que soporta con estoicismo el acqua alta, la desidia y corrupción de los gobernantes municipales o la invasión de turistas que convierten la ciudad de los canales en un espacio inhabitable. Luego, cuando regresa a casa, comenta con su esposa Paola los casos que investiga o las goteras que le han salido al techo, dialoga con paciencia con sus hijos adolescentes Raffi y Chiara, almuerza en familia (la sempiterna pasta en todas sus formas) o se toma una copita de grappa mientras lee la Eneida de Virgilio.

LOS TERNEROS de Rodrigo Blanco Calderón


EL VALOR DEL SACRIFICIO


El escritor venezolano Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981) es uno de los más reputados autores de relatos del nuevo panorama literario hispanoamericano. Tras publicar tres libros que obtuvieron el favor de la crítica especializada y del público, y después del paréntesis que supuso su primera novela (The Night), ha vuelto al género del cuento con su última obra, Los terneros, publicada por la editorial madrileña Páginas de espuma.
Conforman el libro siete relatos de desigual extensión, pero con varios nexos en común que les otorgan unidad: un lenguaje limpio, fácilmente comprensible, pero que no desdeña las imágenes de gran calado simbólico (“No tienes idea del terror que se acumula en los ojos del ganado cuando sabe que van a matarlo. Es ese miedo, ese pavor que es como un linaje oculto, lo que hace de ellos unos animales mansos” dice el protagonista de Los corderos, el último relato que da título al libro, refiriéndose metafóricamente a los jóvenes estudiantes que son torturados por las fuerzas paramilitares chavistas); la construcción de los personajes (uno de los grandes aciertos de Rodrigo Blanco en este libro), especialmente de aquellos a los que dota de una personalidad estrafalaria y sumamente atractiva como Petrarca (un Lázaro mexicano que sirve de guía a Juan, su Tiresias particular), Bogdan (un rumano cincuentón que vive en París y que practica el francés confesándose con los curas en las iglesias porque los habitantes de la ciudad están demasiado ocupados para entablar una conversación), Antonio (un estudiante de porte quijotesco que enloquece leyendo la obra inmortal de Cervantes) o Thomas Hertrich (un controvertido artista de origen alemán, famoso porque en sus esculturas aparecen animales sacrificados); por último, la presencia abrumadora de la Literatura, que se manifiesta en continuas referencias a obras y a autores clásicos (Cancionero de Petrarca, Dante, Garcilaso de la Vega, Saint-Exupéry, El coloquio de los perros o El Quijote de Cervantes) y en numerosos juegos metaliterarios.
Los terneros es un libro valiente, que no evita un tema espinoso como es la situación política de Venezuela. Algunos relatos están situados cronológicamente en la etapa final del gobierno de Hugo Chávez, cuando se crea un escenario de gran inestabilidad y, al mismo tiempo, de esperanza. El retrato de aquella época no puede ser más desolador y terrorífico: las persecuciones de los grupos paramilitares o de la policía secreta, las detenciones ilegales, las torturas y vejaciones, las desapariciones forzadas… En Los hijos de la niebla (probablemente el relato más logrado), el autor va más allá y reflexiona sobre el mal endémico de su país, que ha azotado a todos los gobiernos desde la segunda mitad del siglo XX: la intromisión del Ejército en la vida política que hace muy difícil la existencia de un gobierno democrático y que convierte en inútiles los actos valerosos de sacrificio.

viernes, 9 de febrero de 2018

MIS ESCRITORES DE GÉNERO POLICÍACO PREFERIDOS (I)

Todos los lectores de novela negra tenemos nuestras preferencias. Es una cuestión de empatía hacia ciertos detectives literarios, de sentirse a gusto en el espacio geográfico y social en el que se mueven y resuelven los crímenes, en el estilo de su creador y en su forma particular de ver la vida.
Sirva el presente artículo (y alguno más) para rendir un humilde homenaje a los autores que me han cautivado y para explicar someramente los motivos por los que los considero mis predilectos. Comenzaré con los que, como lector, me asomé al género policial por primera vez. Fue durante la adolescencia, etapa en la que predominan las lecturas desordenadas y la búsqueda de unas señas de identidad. Son tres y todos, casualidades o no de la vida, anglosajones.
Sin ningún género de dudas, Agatha Christie se encuentra en un lugar privilegiado en el virtual altar de mis escritores favoritos. Descubrí a través de ella un mundo que me resultaba ajeno y, a la vez, muy atrayente: la sociedad británica de entreguerras, el Londres cosmopolita con sus hoteles lujosos, la campiña rural con sus vecinos curiosos, unas costumbres y una gastronomía diferentes, Scotland Yard y los superintendentes, los expresos que siempre llegaban a su hora, con sus compartimentos de primera clase y sus vagones restaurantes… Y, todo ello, como marco para unas tramas en las que los crímenes tenían varios sospechosos, cada uno con motivos y oportunidades para cometerlos. La lectura de sus novelas se convertía, así, en una aventura que no defraudaba, en un pulso para sortear sus engañosas trampas y llegar victorioso al final de la historia. Entonces comprobaba, con satisfacción, que había averiguado quién era el asesino o, con asombro, que la escritora se había burlado de mí sacando de la chistera al culpable más inverosímil en el último momento. Pronto Hercule Poirot (el detective belga con cabeza de huevo y ojos verdes de gato), Jane Marple (la ancianita cotilla que se metía en todos los charcos, fuese en su pueblo natal, St. Mary Mead, o en el Caribe) y, en menor medida, los Beresford (Tuppence y Tommy, un matrimonio propietario de una agencia de detectives un tanto especial) y Parker Pyne (un peculiar detective “del corazón”) me cautivaron con sus numerosas aventuras policíacas, que devoraba con verdadera fruición en las soporíferas tardes estivales o en las crudas noches de invierno antes de acostarme.
Agatha fue una escritora prolífica (publicó más de sesenta libros) y esta circunstancia favoreció que ensayara con éxito casi todas las fórmulas detectivescas que hoy siguen vigentes y en las que los narradores actuales se inspiran (o, directamente, copian) en mayor o menor medida. No ignoro que la autora inglesa no disfruta de buena reputación en la novela negra actual. A pesar de que en la adolescencia aún no había madurado el sentido crítico, ya era consciente de que había ciertos aspectos en sus historias que no me agradaban: una visión conservadora y, en no pocas ocasiones, sentimentalista de las relaciones humanas; una actitud clasista, propia de una dama victoriana; los prejuicios hacia los mediterráneos de tez morena… Sin embargo, eran tantos sus aciertos (predominio del diálogo, escuetas descripciones, argumentos bien tramados) y contribuyó tanto a la modernización del género que hoy sigue siendo una de las escritoras más leídas y, sobre todo, más adaptadas a la televisión y al cine.
Hablar de mis lecturas juveniles es hablar también de sir Arthur Conan Doyle y de sus geniales creaciones: el detective Sherlock Holmes y su inseparable compañero, el doctor Watson. Y eso, a pesar de que su autor (como suele ocurrirle a más de un artista que, agobiado por la grandeza del personaje que ha ideado, por la presión de la crítica y del público, termina odiando a su hijo literario) intentó sin éxito acabar con él. Afortunadamente, volvió a darle vida después de un violento encontronazo con su antagonista, el profesor Moriarty, en las cataratas suizas de Reichenbach, para deleite de tantos seguidores que, muchos años después de su muerte, seguimos disfrutado con sus aventuras. El gran acierto de Doyle fue la aplicación del método empírico de la ciencia a la investigación policíaca, el retrato crítico de una nación que, en aquel momento, era un imperio que se extendía hasta los confines del mundo y, sobre todo, la invención de un personaje único, excéntrico, megalómano y bipolar, que, cual Quijote detectivesco acompañado de su fiel y torpe escudero, se dedicaba a resolver crímenes por el mero placer de cultivar el intelecto.
No querría terminar este artículo sin mencionar, aunque solo sea brevemente, al tercer autor de género negro que descubrí en mi adolescencia y que no es otro que Gilbert K. Chesterton. El corpulento escritor, muy dado a los excesos vitales, fue, sin embargo, el creador de un detective aficionado tranquilo, sosegado y gris: el candoroso padre Brown, un cura católico que, en plena Inglaterra anglicana, se dedicaba a desentrañar misterios utilizando su conocimiento de la naturaleza humana, una buena dosis de sentido común y otra de perspicaz inteligencia. Con su particular y reconocible indumentaria (sombrero de teja, sotana y paraguas) y, aprovechando que el desempeño de su oficio solía abrirle las puertas de las casas y el corazón de las personas, el padre Brown solucionaba casos al tiempo que indagaba en la génesis de la maldad humana. Sus maneras pausadas, sencillas y humildes han sido el antecedente y modelo de detectives que luego han seguido su senda: desde el televisivo teniente Colombo a sor Consuelo, la monjita ideada por la pluma de Manuel del Pino, por poner solamente dos elocuentes ejemplos.

viernes, 26 de enero de 2018

sábado, 20 de enero de 2018

INCOMPETENCIA LITERARIA

Yo
me declaro,
absolutamente,
escritor incompetente.
Cuando el maestro explicó
cómo ser listo en literatura,
aquel día
falté a clase:
o estaba enfermo
o hice novillos.
No hay otra explicación.

domingo, 14 de enero de 2018

EL HOMBRE INVISIBLE DE SALEM de Christoffer Carlsson



 LA CARA OCULA DE SUECIA 


La visión de Estocolmo como una metrópoli moderna y segura desaparece cuando nos adentramos en la lectura de El hombre invisible de Salem, la tercera novela de Christoffer Carlsson (Halmstad, 1986), una de las grandes promesas de la narrativa nórdica. Ganadora en 2013 del prestigioso premio a la mejor obra del año de la academia sueca de escritores de novela negra, tiene como protagonista a Leo Junker, policía de asuntos internos que ha sido apartado del servicio activo después de verse involucrado en la muerte de un compañero durante una operación antidroga en la isla de Gotland. Tras este incidente, entra en una espiral de degradación marcada por el alcohol y los antidepresivos, pero su situación se complica aún más cuando, en la Residencia Chapman, una especie de albergue para indigentes situado en el edificio donde reside, aparece asesinada una toxicómana. Sospechoso del crimen, se ve obligado a llevar a cabo una investigación paralela para averiguar quién y por qué puede estar interesado en incriminarlo. Para ello, tendrá que bucear en el pasado, en los recuerdos de Salem, uno de los barrios más humildes y conflictivos de la capital sueca en el que se crio como un chico más de la calle. Con este argumento, Carlsson ha escrito una novela de compleja estructura, que no evita las escenas escabrosas para ofrecernos una imagen nada amable de una ciudad con severos problemas de drogas, violencia juvenil e inmigración.