Félix Ángel Moreno Ruiz

domingo, 14 de abril de 2019

EL ÚLTIMO BARCO de Domingo Villar

BIENVENIDO, INSPECTOR LEO CALDAS


Conla publicación, en 2006, de Ojos de agua, irrumpe en el panorama literario español una figura de primer orden: Domingo Villar. El escritor gallego (Vigo, 1970) gana con su primera novela premios tan prestigiosos como el Sintagma o el Novelpol. Inmediatamente, se suceden las traducciones a los idiomas más importantes y comienza a ser conocido en Europa. Su consagración definitiva como uno de los grandes cultivadores de novela negra llega en 2009 con La playa de los ahogados, llevada al cine, seis años después, por Gerardo Herrero y protagonizada por Carmelo Gómez y Antonio Garrido en los papeles protagonistas. Han tenido que pasar diez años para que vea la luz su tercera y ansiada obra: El último barco, publicada nuevamente por Siruela.
La novela inicia su andadura con la desaparición de una mujer de treinta y tres años. Todo parece indicar que se trata de una huida voluntaria que no requiere una investigación policial, pero el padre de la joven, el doctor Víctor Andrade, un prestigioso cirujano que operó de urgencia a la esposa del comisario Soto y le salvó la vida, ejerce sobre este el suficiente predicamento como para obligarlo a darle prioridad al caso. Soto, agobiado por la deuda contraída con el cardiólogo, le encarga la investigación al inspector Leo Caldas, que comienza, con la profesionalidad y con la paciencia que lo caracterizan, a indagar en las causas que pudieron llevar a la joven a desaparecer misteriosamente. La búsqueda de su rastro lo llevará a visitar la Escuela de Artes y Oficios de Vigo y a trasladarse a Moaña y a Tirán, pequeñas poblaciones situadas en la otra margen de la ría, donde había situado su domicilio la hija del doctor, huyendo de un pasado tormentoso. Pronto surgen las primeras dificultades y los puntos oscuros que alumbran la posibilidad de que la desaparición de Mónica Andrade, que es como se llama la joven, quizás no fue tan voluntaria como Caldas presuponía en un principio. Al tiempo que la investigación avanza, siempre bajo la atenta mirada del comisario y las presiones del todopoderoso cirujano, aparecen varios sospechosos y escollos sin cuento que dirigen las pesquisas hacia callejones sin salida mientras nuevos sucesos abren una línea de investigación inesperada. Tras setecientas páginas de lectura absorbente, de jugar con el lector al gato y al ratón, de una trama que se asemeja a las callejas estrechas y laberínticas de Moaña, el inspector hallará la solución de un caso extraño que pondrá en riesgo su propia vida y la de seres queridos, y a prueba su competencia profesional.
Sin duda alguna, uno de los puntos fuertes de la narrativa de Domingo Villar es la construcción de personajes y El último barco no es ninguna excepción. De entre todos ellos, brilla con luz propia Leo Caldas, protagonista de sus anteriores novelas. El inspector es un hombre atípico en el actual panorama del género negro. Es cierto que arrastra el trauma de un divorcio reciente, del que no se ha recuperado (los recuerdos de su exesposa van y vienen continuamente, aunque en esta ocasión iniciará una nueva relación que le aportará algo de ilusión y romperá la monotonía de su vida), pero no intenta remediarlo con un carácter agrio, con el trato despectivo a sus subordinados o refugiándose en la bebida, como suele ser habitual en la narrativa anglosajona. Caldas es un hombre tranquilo y escéptico, amante de la buena mesa y del albariño (sin llegar al sibaritismo de Pepe Carvalho), fumador empedernido y concienzudo detective como el comisario Maigret, y avispado sabueso que se deja llevar por su intuición como el comisario Montalbano. Su contrapunto cómico y necesario (como Sancho Panza lo era de don Quijote, como el doctor Watson lo era de Sherlock Holmes, como el capitán Hastings lo era de Hercule Poirot) es el agente Rafael Estévez, un aragonés grande y rudo, con unos modales y unos comportamientos no muy ortodoxos, y con una relación conflictiva con los perros, que resulta un amigo fiel que sacará de apuros a Caldas en los momentos más delicados o cuando está en juego su vida. Los acompañan unos secundarios bien perfilados y solventes: el voluble comisario Soto; Santiago Losada, un locutor de radio fatuo y engreído; los eficientes agentes Ferro y Clara Barcia o su padre, propietario de una pequeña bodega de vino como el progenitor de Salvo Mantalbano, que actúa de consejero en la sombra. Además, en esta última entrega hay personajes de la grandeza de Napoleón, un mendigo que imparte lecciones magistrales de latín, y varios profesores de la Escuela de Artes y Oficios, personas reales que hacen un cameo como sospechosos para otorgar mayor verosimilitud a la trama.
Otros de los atractivos del autor vigués es la incorporación a su narrativa de una atmósfera única y fácilmente reconocible, que tiene mucho que ver con su patria de origen. Las novelas de Domingo Villar rezuman Galicia por todas y cada una de sus páginas: la pertinaz lluvia, las bateas de mejillones, los berberechos con y sin limón, los platos de pulpo, el albariño, el vapor que cruza la ría, las supersticiones, los curanderos, el olor inconfundible del mar, los paseos por las calles solitarias, el recelo y las respuestas ambiguas conforman un universo que trasciende lo meramente geográfico y cultural para convertirse en mítico. A ello contribuye la preocupación del autor por la descripción de oficios tradicionales que han formado parte de la cultura gallega y que se encuentran, irremediablemente, en vías de extinción. Si en La playa de los ahogados era la pesca artesanal, en El último barco hay un hermoso canto del cisne al alfarero y al lutier, el constructor de instrumentos tradicionales como la gaita o la zanfona. Porque la mirada de Domingo Villar, como la de Leo Caldas, está empañada de nostalgia, de morriña por una hermosa Galicia que agoniza.


Una novela largamente esperada

Tras el indiscutible éxito de La playa de los ahogados, los lectores esperábamos con avidez una nueva entrega del inspector Leo Caldas y de su segundo, el agente Rafael Estévez. Esta pareció llegar en 2013. Se titulaba Cruces de piedra, pero nunca consiguió materializarse en un libro. A partir de ese momento, comenzó a pasar el tiempo y, con él, aparecieron los más diversos rumores sobre el autor y sobre su obra fantasma. Mientras tanto, Domingo Villar seguía a lo suyo: escribir, reescribir, corregir una y otra vez, traducir al gallego una extensa novela repleta de personajes, de historias que se bifurcan y convergen, de giros, de vueltas de tuerca, de pequeños matices que, como los engranajes de un reloj, deben encajar a la perfección para atrapar al lector durante setecientas páginas y para llevarlo hasta un final sorprendente e impactante. Por fin, en marzo de 2019, ha visto la luz con un sugerente título: El último barco. A tenor de los resultados, la larga espera ha merecido la pena.

miércoles, 10 de abril de 2019

TERROR EN LOS PEDROCHES


Los diecinueve relatos que conforman el libro están situados en los distintos pueblos y aldeas de los Pedroches. No pertenecen a la tradición popular; son todos originales, fruto de mi imaginación, por lo que cualquier parecido con la realidad es pura y terrorífica coincidencia. Están cocinados a fuego lento, siguiendo las recetas tradicionales de los maestros ―Poe, Bécquer, Lovecraft, Stoker o Maupassant―, aunque también se han empleado técnicas deconstructivas de la nouvelle cuisine. El ingrediente principal es el terror clásico, al que se ha añadido, para darle sabor, una pizca de humor.



domingo, 31 de marzo de 2019

LOS SECRETOS DE SAN GERVASIO de Carlos Pujol


SHERLOCK HOLMES NUNCA MUERE


Carlos Pujol (Barcelona 1936-2012) publicó originariamente Los secretos de San Gervasio en 1994 y ahora, al cumplirse los veinticinco años, la editorial palentina Menoscuarto acaba de reeditar la novela con un breve, pero interesantísimo, prólogo de Andrés Trapiello y con un artículo (que hace las veces de epílogo) que el escritor catalán escribió sobre la novela policíaca para la revista El Ciervo en 1973. Son dos alicientes más para leer esta pequeña joya literaria de uno de los intelectuales españoles más perspicaces de la segunda mitad del siglo XX, autor de una obra extensa y variada, que incluye la crítica literaria, la narrativa, el ensayo, la biografía y la poesía.
La trama de la novela se desarrolla a caballo entre un Londres atípicamente caluroso y una Barcelona no menos asfixiante. Una noche, después de una opípara cena servida por la señora Hudson, Sherlock Holmes y su amigo y confidente, el doctor Watson, reciben la visita de Angélica y de Eulalia, dos distinguidas jóvenes que han venido expresamente desde Cataluña para contratar los servicios del célebre detective. Este debe hallar el paradero de su padre, don Pelegrín Vilumara, un industrial que ha desaparecido misteriosamente merced a las malas artes de su hermano, don Cayetano. A pesar de que el asunto huele a chamusquina, como Holmes está atravesando una etapa de ociosidad forzosa, se embarcan en la aventura. Sin embargo, cuando llegan a Barcelona, descubren que don Pelegrín está soltero e ingresado en un centro psiquiátrico. En lugar de regresar inmediatamente a Londres, deciden averiguar los motivos por los que han sido objeto de tan singular engaño. Siguiendo los pasos de un hombre misterioso (un anciano con pinta de estrangulador), llegan a la barriada de San Gervasio, donde entran en contacto con don Alejo Casavella (un escritor de cierta fama que ha ideado una rocambolesca argucia para conocer personalmente al detective y a su biógrafo) y con otros personajes no menos estrafalarios y curiosos como una detective catalana o un arqueólogo poeta. La trama se complica cuando aparece en escena un cadáver de verdad. Holmes, que no puede dejar pasar la ocasión de lucirse ante un público tan variopinto, inicia la investigación del crimen que le deparará más de una sorpresa.
Bien documentada (Pujol demuestra ser un avezado lector de Conan Doyle) y escrita con sutil ironía, Los secretos de San Gervasio es una divertidísima parodia de las novelas policíacas clásicas (hasta aparece el consabido dramatis personae de los libros de Agatha Christie) y del detective que confía en la razón empírica como único mecanismo para resolver los crímenes. A través de los ojos fríos y analíticos de un Sherlock Holmes en plena forma, que nos revela su educación jesuítica, el autor hace un lúcido retrato de los españoles (gente que grita cuando habla y echa la siesta todos los días) y de la condición humana.


UN BESO DE AMIGO y ADIÓS, PRINCESA de Juan Madrid


TONI ROMANO, FOREVER


Juan Madrid (Málaga, 1947) está considerado como uno de los más reputados cultivadores de novela policíaca en lengua castellana, autor de títulos emblemáticos como Días contados (llevada al cine por Imanol Uribe en 1994) o Los hombres mojados no temen la lluvia (XIV Premio Fernando Quiñones en 2013). El escritor andaluz fue uno de los pioneros que, junto a novelistas como Julián Ibáñez, Andreu Martín y los fallecidos González Ledesma y Vázquez Montalbán, dieron dignidad literaria a un género que, a finales de los setenta y principio de los ochenta, era marginal en el panorama literario nacional y escasamente valorado por la crítica. Autor prolífico, con más de cincuenta obras en su haber entre novelas, libros de cuentos, narrativa juvenil y ensayo, es el creador de dos personajes inolvidables para los aficionados a este tipo de literatura: el comisario Flores ―protagonista de la serie de televisión Brigada Central, que alcanzó un gran éxito y de la que fue su guionista― y Toni Romano, un antiguo policía reconvertido en detective que recorre los ambientes más variopintos de Madrid mientras investiga sórdidos crímenes.
Con el fin de homenajearlo, Alianza Editorial acaba de reeditar dos de las novelas protagonizadas por Romano: Un beso de amigo (publicada originariamente en 1980), que dio a conocer al personaje, y Adiós, princesa, que vio la luz en 2008. La serie consta de ocho títulos, escritos a lo largo de casi treinta años, que constituyen una fiel radiografía de la sociedad española desde los duros y difíciles tiempos de la Transición hasta el primer decenio del siglo XXI. Durante esos años, Antonio Carpintero, que adoptó el alias de Toni Romano cuando era un púgil ilusionado en ganar el campeonato del mundo y se sabía de memoria los mejores combates de la historia, ha seguido viviendo en un apartamento minúsculo y destartalado, trabajando para Draper ―un excomisario que ha montado una rentable agencia de cobro de morosos― y frecuentando los mismos bares de las calles más populares de Madrid. Sin embargo, el personaje del exboxeador ha sufrido importantes transformaciones: si en Un beso de amigo era un detective hosco y rudo, presto a soltar un gancho a las primeras de cambio, heredero de los tipos duros de la novela negra americana como Philip Marlowe o Sam Spade, en Adiós, princesa el paso de los años le ha pasado factura y ha hecho mella en su aspecto físico; también es más sabio, irónico y reflexivo. Siguen incólumes su personal sentido de la honestidad y su acendrado individualismo de raíces fordianas. Tampoco han cambiado la denuncia de los males que afectan a la sociedad española desde tiempos inmemoriales (la corrupción, el nepotismo o el abuso de poder) ni la maestría con la que están escritas las novelas ni el dominio de las técnicas narrativas ni la capacidad de atraer la atención del lector desde la primera línea.


domingo, 24 de febrero de 2019

CUENTOS DE LA NATURALEZA de José María Merino

EN DEFENSA DE LA NATURALEZA


El escritor gallego José María Merino (A Coruña, 1941) es, probablemente, el mayor representante en las letras españolas de la narrativa fantástica de anticipación y distópica. Autor de una producción extensa (que incluye la poesía, el ensayo, la crítica, la novela y el cuento) y reconocida con multitud de premios y distinciones, ha sido el relato (en especial, el microrrelato) el subgénero que más cultivado en los últimos años y en el que se ha convertido en un auténtico referente por el volumen y calidad de su obra.
Esta vasta producción y la variedad de temas tratados permiten perspectivas distintas (y enriquecedoras) en el acercamiento a su narrativa. Es lo que ha hecho la profesora de la Universidad de León Natalia Álvarez Méndez en Cuentos de la naturaleza, al reunir una extensa selección de relatos de José María Merino, escritos en distintas épocas (y pertenecientes, por tanto, a libros diferentes) que tienen como nexo común el tratamiento de la naturaleza, un tema que, salvo excepciones y siempre vinculado al ámbito rural, no suele estar presente en la narrativa española contemporánea. 
El libro está dividido en cinco partes. En la primera (“La inmovilidad del bosque”), la naturaleza es un espacio ajeno al ser humano, que la concibe como algo inhóspito, cuando no peligroso y amenazante. Así, la niña del relato Ola de frío, atemorizada por las palabras de su abuelo, imagina que la helada es una especie de terrible monstruo que posee el poder de congelarlo todo. La segunda parte (“La barandilla del balcón”), muy breve, refleja la difícil convivencia del ser humano con la naturaleza, la imposibilidad de la comunión entre lo urbano y lo salvaje, que solo provoca artificios como los zoológicos, tal y como se denuncia en el relato Selvático profundo. Con “bajo la protección de la hiedra”, se cambia de perspectiva. Ahora se muestran los intentos de integración del ser humano en su entorno, de comunión con la naturaleza, que ofrece su seno para cobijarse ante el estrés y el ruido de la vida urbana. En la cuarta parte (“El borde del estanque”), se denuncian la falta de conciencia ecológica, el egoísmo y la crueldad gratuita, que conducen a la autodestrucción. Finalmente, “Por el camino de la braña” es un breve apéndice en el que aparecen tres relatos inéditos de corte realista.
Cuentos de la naturaleza es un libro exquisitamente editado por Eolas y cuidado hasta el más mínimo detalle, que ofrece un acercamiento a la obra de José María Merino desde una perspectiva novedosa y enriquecedora. El lector asiduo a la narrativa del escritor gallego sentirá el aliciente de leerla desde un enfoque distinto y quien se acerque a ella por primera vez descubrirá a un autor imprescindible, referente indiscutible de la mejor narrativa corta de los últimos cincuenta años.


sábado, 9 de febrero de 2019

EL MENDIGO Y OTROS CUENTOS de Fernando Pessoa


PESSOA, FABULADOR



Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935), cumbre de las letras lusas del siglo XX, fue un escritor polifacético (en su abundante obra encontramos novelas, relatos, ensayos y poemas) y poliédrico, que adoptó numerosas personalidades literarias. Si en 2014 la editorial Acantilado se atrevió a publicar toda su producción detectivesca, parte de ella inédita, bajo el título Quaresma, descifrador. Relatos policíacos, ahora ha reunido una selección de sus relatos más representativos en El mendigo y otros cuentos. Nuevamente, la edición y el estudio introductorio han estado a cargo de Ana María Freitas, quien ha llevado a cabo un loable trabajo de investigación para fijar los textos. Como era habitual en el escritor portugués, muchos quedaron inacabados o sin corregir, por lo que no son infrecuentes los errores de diversa naturaleza. El libro reúne doce cuentos que, en líneas generales, se caracterizan por su brevedad y por la ausencia total de acción. Excepto los tres últimos, en los que sí se narra una historia, el resto son reflexiones, realizadas en forma de diálogo, sobre cuestiones filosóficas y metafísicas (la búsqueda de la identidad, la naturaleza racional del ser humano o la muerte) que difícilmente casan con la visión que actualmente se tiene de este subgénero narrativo. Y es que, para comprender los relatos de Pessoa (o los de su coetáneo Unamuno) hay que situarlos en una época en la que las ideas y el pensamiento filosófico tenían un gran peso en la literatura.

sábado, 26 de enero de 2019

PETIT PARIS de Justo Navarro

EL REGRESO DEL COMISARIO POLO


La Segunda Guerra Mundial, el conflicto bélico más grave e importante del siglo XX, ha sido fuente inagotable de películas y de novelas. Si, tradicionalmente, los autores fijaban su atención en la biografía de los grandes héroes y villanos, en las batallas y en las acciones de sabotaje, en los últimos tiempos se han dedicado a radiografiar el día a día de la población civil en la retaguardia, el drama de las víctimas del Holocausto en los campos de exterminio o la labor que llevaron a cabo los espías de las distintas potencias en los países ocupados y en los aparentemente neutrales. Así, París, Madrid, Lisboa o Gibraltar se han convertido en los espacios preferidos para ambientar novelas que narran las hazañas y las miserias de agentes dobles que pasaban información al Reino Unido y a Alemania o la precaria existencia de aquellos que esperaban un pasaporte falso para poder escapar del horror de la guerra.
Precisamente, en la capital francesa, en la primavera de 1943, se sitúa la acción de Petit Paris, la última novela de Justo Navarro (Granada, 1953), uno de los escritores andaluces más laureados de los últimos años, autor de una obra coherente, con un estilo propio y bien definido. El protagonista es el comisario Polo (que ya había aparecido en una novela negra anterior, Gran Granada), un policía que se traslada desde Granada, donde ejerce su labor, hasta París después de que Salas, un industrial y jerarca falangista de la ciudad andaluza, el encargue la difícil tarea de localizar a un viejo amigo común, Paolo Corpi, y de recuperar varios kilos de oro que este se llevó en su huida a Francia. El comisario, que tiene sus propios motivos para realizar el viaje (Corpi le robó una pistola de su colección particular) descubre que, tras cambiar de nombre (se hacía llamar Matthias Bohle), Paolo se dedicaba al comercio de obras de arte y que, en apariencia, se ha suicidado arrojándose a las vías del tren. Dejándose llevar por su instinto de sabueso, Polo inicia una farragosa y difícil investigación que le lleva a mezclarse con contrabandistas de arte, con agentes de la Gestapo, con republicanos que no dudan en traicionar a sus antiguos compañeros, con falsificadores de documentos y con un largo etcétera que conforma una fauna humana en la que triunfan la ambigüedad moral y el instinto primigenio de supervivencia.
Con un estilo muy cuidado, en el que la preocupación por la expresión formal es tan importante como el contenido, en el que no se desdeña la utilización de técnicas narrativas experimentales que ya están en desuso con el fin de conseguir los favores del gran público, Justo Navarro ha escrito una solvente novela negra, con la que rinde homenaje al escritor belga Georges Simenon y a su hijo literario, el comisario Maigret, que también investigaba sórdidos casos en el Paris de entreguerras, y en la que se realiza un amargo y perspicaz retrato de unos años oscuros.