Félix Ángel Moreno Ruiz

domingo, 2 de diciembre de 2018

SIN PENA NI GLORIA


Acuérdate de Paula porque vas a morir es mi segunda novela. La escribí en 2012, inmediatamente después de acabar Un revólver en la maleta y antes de comenzar Estaré esperando para matarte, las dos novelas protagonizadas por Homero publicadas hasta la fecha. Decidí dar a conocer antes la segunda entrega del inspector para complacer a los escasos lectores que tengo, que me abordaban por la calle pidiéndome un nuevo caso del policía cordobés y de su compañero Pedro. Esta decisión y el hecho de que luego me embarcara en otros proyectos (la pieza teatral Pañuelos bajo la lluvia y el libro de relatos Misterio en los Pedroches) me permitieron revisarla a conciencia, volver sobre ella una y otra vez, pulirla, despojarla de escenas escabrosas que, observadas con el distanciamiento que ofrece el paso del tiempo, no aportaban nada relevante a la trama.
No hay peripecias detectivescas en Acuérdate de Paula porque vas a morir, donde prevalece lo negro sobre lo policíaco. Hay, por supuesto, una investigación, unos policías (o, más bien, un expolicía porque ya está jubilado), pero todo esto no tiene excesivo peso en la historia porque la atención se busca por otros procedimientos. Al lector no se le engaña con subterfugios, sospechosos habituales y pistas falsas; por el contrario, este intuye, sabe cosas o las adivina. Acompaña de la mano a los personajes en sus temores, en sus miedos; conoce, a veces, más que ellos y, al tiempo, ignora lo importante, por lo que se ve inmerso en un bucle de horror, de desesperación, de ilusiones truncadas, de locura.
Como suele ocurrir en mi narrativa, Acuérdate de Paula porque vas a morir posee una estructura compleja, con varias partes que sitúan la novela en dos espacios temporales distintos: uno, la Córdoba actual, donde se comete una serie de crímenes que, en apariencia, no tienen nada en común. Otro, la Córdoba de los años ochenta del pasado siglo, con la historia de una familia de inmigrantes oriundos de los Pedroches. También (como ya es algo habitual en mí) he procurado que el lector los reconozca. Así, las costumbres, música, calles, objetos y vehículos están presentes de manera natural para otorgar mayor verosimilitud a la trama. En esta ocasión, y a diferencia de las novelas protagonizadas por Homero y situadas a comienzos del siglo XX, la ambientación me resultó fácil porque son dos épocas (la actual y la de hace 25 años) que conozco en profundidad por haberlas vivido (in situ, como diría el inefable Catarella).
En Acuérdate de Paula porque vas a morir, por encima de la historia, del argumento y de la trama, destaca el universo de los personajes. En el proceso de escritura puse mi mayor empeño en su diseño, en que tuvieran una vida interior, en que evolucionaran de forma natural, en que no fuesen de cartón piedra o planos, como suele ocurrir (por las propias características del género) en la novela policíaca. De entre todos, destaca especialmente un personaje femenino. Posee una personalidad compleja, es contradictorio y misterioso (a veces, actúa como antagonista; a veces, como protagonista). Quien se adentre en la lectura de la obra probablemente terminará empatizando con él y con sus inquietudes.
Ya he dejado escrito más arriba que Acuérdate de Paula porque vas a morir es una novela negra. Como tal, pretende la reflexión del lector. No se busca que aparezcan crímenes aquí y allá sin ninguna justificación. En este sentido, se trata de una historia sobre la locura, la venganza, la amistad, el amor y la traición. Hay también un componente social porque realizo un retrato (nunca he pretendido que sea meramente costumbrista, sino crítico) de los barrios cordobeses, del entramado social de la ciudad.
Pese a todo, no es una novela de tesis, no defiendo ninguna postura. No hago apología de nada, solo coloco a unos personajes en una situación límite y los abandono a su suerte. Caminan sin ayuda, guiados por su propia ética (o por la ausencia de ella), por las pasiones más bajas, por la esperanza y por el deseo de venganza.
Por encima de todo, Acuérdate de Paula porque vas a morir es una novela que busca el entretenimiento. Mi mayor deseo (siempre ha sido así) es que el lector pase un rato ameno, que la lea en pocos días (o en pocas horas) y que, al final, tenga la sensación de que ha sido demasiado breve, de que bien podría haber tenido unas cuantas páginas más.

domingo, 18 de noviembre de 2018

CUENTOS COMPLETOS de Bram Stoker

TERROR, MISTERIO Y FANTASÍA 


Cuando Bram Stoker publicó Drácula en 1897, no podía imaginar que su más famoso personaje se convertiría, por obra y gracia del cine, en uno de los mitos contemporáneos con mayor vitalidad y fuerza. Parodiado y revisado una y mil veces, el vampirismo (en general) y el conde (en particular) continúan disfrutando hoy de excelente salud y de una fama que también ha arrastrado a su autor: ciento seis años después de su muerte, sus obras se siguen publicando y atrayendo la atención del público lector. En esta ocasión, la editorial Páginas de espuma, de la mano de Antonio Sanz Egea y con la traducción de Jon Bilbao, ha reunido por primera vez (semejante labor no había sido hecha hasta la fecha por ninguna editorial anglosajona, como habría cabido esperar) todos los relatos conocidos de Stoker en un solo volumen, una encomiable labor que, sin duda alguna, ha merecido la pena porque permite un mayor (y mejor) conocimiento del escritor irlandés.

Una personalidad misteriosa

Bram Stoker nació en 1847, en la Irlanda asolada por la hambruna de la patata y por una epidemia de cólera, que sumieron a la isla en una crisis demográfica sin precedentes. El pequeño Stoker pasó los primeros años de su infancia convaleciente de una misteriosa enfermedad que le impedía caminar y que, probablemente, estuvo causada por algún tipo de trastorno psicológico que nunca llegó a ser aclarado del todo. Unos años más tarde, el escritor, convertido ya en un joven atlético y robusto, inició sus estudios en el prestigioso Trinity College, donde trabó amistad con Oscar Wilde. Allí conoció también a Florence Balcombe, una antigua novia del genial poeta irlandés, con quien terminaría casándose años más tarde.
Stoker, muy dado a la mitomanía, no solo mantuvo una relación especial con Wilde. Aprovechando un viaje a Estados Unidos, conoció personalmente a Walt Wiltman, que había sido su ídolo literario de juventud, y luego se convirtió en secretario personal y mano derecha de Henry Irving, el más celebrado actor shakesperiano de la Inglaterra victoriana. De todas estas amistades apenas sabemos nada porque el mismo Stoker se encargó de envolverlas en un halo de misterio al destruir gran parte de su correspondencia. De hecho, se desconocen incluso las verdaderas causas de su muerte, acaecida en 1912, a la edad de 65 años, que tal vez pudo estar motivada por la sífilis.
Tras su fallecimiento, su esposa Florence veló ferozmente por los intereses económicos de Irving Noel, el hijo que tuvo con Bram, y para que la obra de su difunto esposo fuese tratada con esmero. Este celo la llevó a demandar al director de cine Friedrich Murnau, maestro del Expresionismo alemán, al entender que en Nosferatu había plagiado gran parte del argumento de su novela más famosa.

Bajo la sombra de Drácula

Aunque la obra de Stoker es muy amplia (abarca la novela, el cuento, la crítica y obras de no ficción), fue Drácula la que le otorgó mayor éxito y dinero. Han corrido ríos de tinta sobre las posibles fuentes de las que bebió su autor para crearla. Gran parte de la crítica coincide en señalar que fue su madre, Charlotte Thornley, quien encendió la exuberante imaginación de Bram, cuando, durante los años de convalecencia de la enfermedad que lo mantuvo postrado en el lecho los primeros años de su vida, escuchaba embelesado los cuentos que ella le contaba sobre brujas, hadas y fantasmas que poblaban la tradición oral irlandesa, y sobre los horribles crímenes de los que fue testigo durante la epidemia de cólera; sin embargo, no debe olvidarse que el conde Drácula es hijo del Romanticismo y encarnación de sus características más exacerbadas: culto y veneración al héroe maldito, sensualidad y erotismo, gusto por lo demoníaco, exotismo, tendencia al suicidio y a comportamientos masoquistas.
Siempre necesitado de dinero (su menguado sueldo de funcionario apenas le alcanzaba para llegar a fin de mes), Bram Stoker buscó con afán el éxito comercial y experimentó otras fórmulas literarias distintas al terror gótico (la novela sentimental Miss Betty es un claro ejemplo); sin embargo, se vio obligado a claudicar y a entregar al público lo que le demandaba. La sombra del conde era ya, incluso en vida de su autor, demasiado alargada y reclamaba por derecho propio un lugar en la historia de la literatura.

Incansable escritor de cuentos

Stoker escribió relatos a lo largo de toda su carrera literaria. La gran mayoría apareció en diversas revistas literarias y en publicaciones periódicas de la época (The Shamrock, Boston Herald, The Theatre Annual, Current Literature) y solo unos cuantos lo hicieron en forma de libro. En vida del autor se publicaron dos: El país bajo el ocaso (1881) y Atrapados en la nieve. Crónica de una gira teatral (1908). El primero recoge ocho cuentos situados en un ficticio mundo paralelo al nuestro, poblado de príncipes, gigantes, ángeles y magos, que le sirve a Stoker para reflexionar metafóricamente sobre diversos aspectos morales como la bondad, la pureza de corazón, el castigo y el arrepentimiento. Los quince relatos de Atrapados en la nieve. Crónica de una gira teatral tienen como marco narrativo una tormenta de nieve que obliga al tren en el que viaja una compañía teatral a detenerse en medio de la nada. Para combatir el frío, director, actores y tramoyistas se reúnen en un vagón y, al calor del fuego improvisado y de las mantas de viaje, cuentan historias ambientadas en diversos lugares (desde Nueva Orleans a Manchester), en las que predominan el misterio, el terror y la fantasía.
En 1914, dos años después de la muerte del autor, apareció El invitado de Drácula y otros relatos inquietantes. Tal y como reconoce en el prefacio su esposa, Stoker había planificado publicar tres libros más de relatos. El primero de ellos estaba formado por ocho cuentos, a los que Florence decidió añadir El invitado de Drácula, que en realidad era un capítulo de la novela, que el editor decidió descartar para no hacerla excesivamente extensa y en el que se narra cómo el joven abogado Jonathan Harper, en su viaje hacia los Cárpatos, tiene un desagradable encuentro con el espectro de una vampiresa y con un lobo, de cuyas fauces es salvado providencialmente por unos soldados enviados por el conde. El resto de relatos (entre los que sobresalen La squaw y El sueño de las manos rojas) está poblado de seres de ultratumba y sangrientas venganzas, al más puro estilo de terror gótico.
Los veintisiete cuentos que la editorial Páginas de espuma ha reunido bajo el epígrafe “Relatos dispersos” nunca llegaron a publicarse en forma de libro, aunque sí lo hicieron en diversas revistas inglesas y americanas entre los años 1872 y 1914. Continúan en la misma línea de los otros cuentos, aunque también hay incursiones en el Romanticismo sentimental (El camino a la paz, El amor más grande) o en el exótico, siguiendo la estela de Jack London o de Emilio Salgari (La empalizada roja).
En general, los cuentos de Bram Stoker destacan por su brevedad y por unos rasgos que comparten con los de otros autores de la época como Arthur Conan Doyle: la plasticidad en la descripción de ambientes, la acertada caracterización de personajes, cierto gusto por el costumbrismo y la capacidad para crear una atmósfera de terror y de misterio. A pesar de que han pasado por ellos más de cien años, su lectura no resulta difícil a un lector medio actual. Este encontrará, además, tramas, personajes e historias que (salvando las lógicas distancias) aún resultan sumamente atractivos.

Con la edición de Cuentos completos, Páginas de Espuma nos ofrece la posibilidad de acercarnos a la narrativa breve de un autor que siguió (por distintos motivos, entre los que se encontraban los económicos) las corrientes literarias de la época y que, pese a todo, intentó experimentar con fórmulas diversas en una época convulsa que caminaba hacia las Vanguardias, las cuales fueron, en gran medida, responsables del encumbramiento de su hijo literario, Drácula, como mito contemporáneo.

lunes, 29 de octubre de 2018

JUEGOS SABÁTICOS de Juan Pizarro

 UNA VOZ SINGULAR



Conocí a Juan Pizarro (Villanueva de Córdoba, 1948) allá por el inicio de los años noventa del pasado siglo cuando cursaba los estudios de Filología Hispánica en la Facultad de Filosofía y Letras de Córdoba y, desde aquel tiempo, me precio de mantener una amistad que, ahora que disfruta de la merecida jubilación, se ha hecho más estrecha.
Como recuerdo de aquella época estudiantil, guardo un ejemplar dedicado de su primer libro de relatos: Días de ceniza. Editado por el Ayuntamiento de su localidad natal en 1987 y con prólogo de Antonio Colinas, recoge una docena de cuentos (uno de ellos, Myriam, había ganado en 1984 el premio de narrativa breve Antonio Porras, convocado por el Ayuntamiento de Pozoblanco) en los que ya están presentes el universo temático y los rasgos estilísticos genuinos e inconfundibles de Juan Pizarro. A pesar de que no haya publicado más libros durante estos años, no ha permanecido ocioso: varios cuentos han aparecido en las revistas de feria de su pueblo y de Pozoblanco; otros, en diversos medios de comunicación como La Tribuna de Córdoba, Cuadernos de Ipónuba de Baena, El Faro de Ceuta y de Melilla (simultáneamente); finalmente, otros han quedado guardados en el cajón hasta que se ha decidido a reunirlos todos bajo el sugerente título de Juegos sabáticos.
Pero el interés de Juan Pizarro no se circunscribe solo a la creación literaria. En 1988 vio la luz Vocabulario de los Pedroches, un trabajo lexicográfico que ya había aparecido en una primera versión en 1982 y que, en 1986, fue merecedor del III Premio de investigación lingüística convocado por el Ayuntamiento de Pozoblanco. La obra, prologada por el profesor Antonio Narbona y editada por la Diputación de Córdoba y por varios ayuntamientos de la comarca, recoge vocablos, locuciones, refranes, frases figuradas y expresiones propias de los Pedroches y constituye un esfuerzo encomiable y con bases científicas, no superado hasta la fecha, de recopilar un material procedente de fuentes orales que, me consta, sigue siendo muy útil para los escritores que pretenden reflejar en sus obras literarias las palabras propias de nuestra tierra.
Junto a esta labor lexicográfica, Juan Pizarro también ha escrito numerosas semblanzas biográficas de escritores (con una querencia especial por autores olvidados por la crítica y la historia como Antonio Porras o Eduardo Mallea, por poner dos ejemplos significativos) y descripciones de los lugares que ha visitado, como el Valle del Rif (tierra a la que ha estado muy vinculado por vivir en Ceuta durante muchos años desempeñando su labor docente), que, una vez publicadas en diversos medios, han aparecido reunidas recientemente en Cruzando el Rif.
Centrándonos en su producción literaria y en Juegos sabáticos, podemos apreciar un elemento vertebrador que está presente en casi toda ella: el humor en las más variadas formas. Para aquellos que lo conocemos, Juan Pizarro atesora un excelente sentido de la comicidad y una visión distanciada de la existencia que son claves para conseguir la risa (y la sonrisa) del lector. El humor se muestra, a veces, a las claras; a veces, a traición; a veces, chocarrero; a veces, irónico; a veces, negro, negrísimo. Un humor que asoma ya en las solapas, antes, incluso, de comenzar a leer alguna de sus obras: bien en forma de caricatura gráfica en Vocabulario de los Pedroches o como una biografía fingida en Días de ceniza, en donde llega a decir de sí mismo que “tiene úlcera de estómago, empelados los pies y en la melancólica invernia toca muy lucidamente el bombardino”. Al adentrarse en las páginas de Juegos sabáticos, el lector tendrá que detenerse para reír a carcajadas y, en otras ocasiones, esbozará una sonrisa, pero nunca permanecerá indiferente.
Otro elemento común en toda su obra, que llama poderosamente la atención, es su amor a la palabra. En su prosa, los vocablos no aparecen gratuitamente: los busca con parsimoniosa minuciosidad atendiendo a su valor fónico (leer en voz alta un relato de Juan Pizarro permite apreciar todos los matices y el humor que sus significantes atesoran) y a su significado, de forma que constituyen un todo indisoluble. La fuente de estos vocablos es, a veces, el acervo popular (del que es un gran estudioso y conocedor) y, a veces, el patrimonio literario clásico. Sea una u otra la procedencia, el producto final es un discurso que nos traslada a otra época, que nos hace recordar los juegos conceptistas de Quevedo y a escritores que se han caracterizado por este dominio del idioma como Francisco Umbral o Camilo José Cela.
Nombrar a escritores nos lleva a hablar de otra seña de identidad de Juan Pizarro: las referencias a sus autores preferidos. Podríamos decir que la Literatura (con mayúsculas) rebosa por todos los renglones: acá parece un guiño al Arcipreste de Hita, allá se nos revela Corpus Barga, acullá reconocemos a Felipe Trigo… Estas referencias convierten la obra en un exquisito juego metaliterario.
No podría terminar esta reseña sin comentar el carácter heterodoxo y a contracorriente de Juan Pizarro, que se manifiesta en el formato de las composiciones que aparecen en el libro: desde cuentos extensos hasta microrrelatos, pasando por poemas, reflexiones y semblanzas biográficas de personajes inventados al más puro estilo borgiano. Por haber, hay, incluso, dos versiones (una poética y otra narrativa) de un mismo tema. Y este carácter heterodoxo lo hace, precisamente, tan interesante y lo convierte en una voz singular y única en el panorama literario de los Pedroches.

lunes, 8 de octubre de 2018

LA TRANSPARENCIA DEL TIEMPO de Leonardo Padura


CANCIÓN TRISTE DE LA HABANA


Cuando faltan pocos días para que el exteniente Mario Conde (dedicado ahora a la compraventa de libros usados tras el abandono de la carrera policial en la Central de Investigaciones Criminales) se convierta en sexagenario, Bobby, un compañero de juventud, le pide que lo ayude a recuperar una imagen de madera de la Virgen de Regla que le ha robado su compañero sentimental mientras él pasaba unos días en Miami exportando cuadros de artistas cubanos. A Conde no le queda más remedio que aceptar porque, como suele ser habitual, su situación financiera es catastrófica y, además, se siente atado por los lazos de amistad. Sin embargo, pronto descubre que Bobby no ha sido ni leal ni sincero con él sobre el auténtico valor de la escultura y que el caso es mucho más complicado de lo que parecía en un principio porque comienzan a aparecer cadáveres y el propio detective pone en serio peligro su vida. Con este interesante argumento, se construye La transparencia del tiempo, la última novela de Leonardo Padura (La Habana, 1955), que es, probablemente, el escritor hispanoamericano de género negro con más prestigio internacional, merecedor (entre otros galardones) del Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2015 por el conjunto de su obra.
El lector habitual de la serie encontrará en esta última entrega todos los lugares comunes a los que su autor nos tiene acostumbrados y que son su seña de identidad: las penurias del protagonista en el día a día para conseguir un café o un tabaco decentes; las reuniones con los amigos de toda la vida en casa de Carlos el Flaco, en las que no faltan ni la mejor comida criolla ni un buen ron siempre y cuando Conde consigue hacerse con algo de dinero; su relación sentimental con Tamara, a la que quiere más que nunca, pero con quien es incapaz de convivir de forma permanente; los tira y afloja que mantiene con  Manolo, su antiguo subordinado, convertido ahora en el jefe de la sección de Delitos Mayores. Sin embargo, destacan especialmente en  La transparencia del tiempo dos elementos que, si bien estaban presentes en las anteriores entregas, adquieren aquí  una mayor relevancia. Uno es la crisis existencial que atraviesa Conde, que es consciente de que, con sesenta años y un cuerpo que no ha cuidado, inicia el camino inexorable hacia la vejez y la decrepitud. Otro es la visión que Padura nos transmite, a través de los ojos de su protagonista, de Cuba en general y de La Habana en particular. Después de más de cincuenta años de castrismo, la ciudad muestra de forma hiriente las diferencias insalvables entre los ciudadanos que han sabido buscarse la vida (generalmente, de forma ilícita) tan bien que disfrutan de las comodidades de los europeos y norteamericanos más acomodados, y un lumpen, venido de las zonas más castigadas por la crisis, que se hacina en los suburbios de chabolas construidas con cartones y hojalata. Y, en medio de la nada, los seres anónimos como Mario, los “comemierda” de un mundo en descomposición, que han visto pasar la vida en el mismo barrio de siempre (que ahora se cae, literalmente, a pedazos) sobreviviendo a duras penas con la ética del perdedor como única compañera.

EL REINO DEL LENGUAJE de Tom Wolfe


EL ORIGEN DEL LENGUAJE



El escritor y periodista Tom Wolfe, fallecido recientemente, ha sido una figura indiscutible en el panorama literario norteamericano de los últimos cincuenta años. Pionero del nuevo periodismo y autor de superventas como La hoguera de las vanidades (novela adaptada con enorme éxito a la gran pantalla), abordó también el ensayo de forma intermitente. Precisamente, su última obra, El reino del lenguaje (que se ha convertido en su testamento literario), pertenece a este género. En ella aborda un tema controvertido, que ha traído de cabeza a reputados científicos de las más variadas disciplinas: el origen del lenguaje humano. Y lo hace de forma original, contraponiendo (y enfrentando) las vidas y las obras de cuatro pensadores anglosajones. Por una parte, Alfred Wallace y Charles Darwin, quienes idearon la teoría de la evolución de las especies de forma simultánea, aunque fuese este último quien se llevó toda la gloria merced a su mayor prestigio social y a ciertos juegos sucios que empleó con su compañero. Por otra, Noam Chomsky (creador de la Gramática Generativa Transformacional, que defiende la universalidad del lenguaje) y Daniel Everett (un lingüista que, tras estudiar la lengua de los piraha, un pueblo del Amazonas, considera el lenguaje como un artefacto cultural). Con un estilo ameno y desenfadado, buscando la polémica y la desmitificación de personajes venerados (Darwin y Chomsky), Wolfe no desdeña ni la ironía ni el sarcasmo para escribir un amenísimo y divertido ensayo que, pese al tema tratado, se lee como si fuera una novela de misterio. El misterio del origen del lenguaje.

LA HERMANA MENOR de Mariana Enríquez


UNA FIGURA DESCONCERTANTE



“Hermana de Victoria Ocampo, esposa de Adolfo Bioy Casares, amiga íntima de Jorge Luis Borges, una de las mujeres más ricas y extravagantes de Argentina, una de las escritoras más talentosas y extrañas de la literatura en español: todos estos títulos no la explican, no la definen, no sirven para entender su misterio”.  Así califica la escritora y periodista Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) a Silvina Ocampo en La hermana menor, un libro que es más que una biografía de la artista bonaerense (fallecida en 1993,  a los noventa años, víctima del alzhéimer) pues analiza también la época que le tocó vivir y su obra literaria, utilizando para ello numerosas fuentes, que incluyen cartas, testimonios y opiniones de personas que la trataron en vida, de críticos literarios y de sus amigos más cercanos.
Conforme nos adentramos en la lectura del libro, vamos tomando conocimiento de un personaje fascinante y encantador, con un don especial para provocar la admiración ajena (tanto por su belleza física como por su inteligencia, elegancia y savoir faire), con una imaginación e inventiva desbordantes que puso al servicio de la escritura de cuentos con notable maestría. Sin embargo, en una vida tan extensa e intensa también hubo lugar al sufrimiento; el mayor, quizás, la desgracia de ser siempre “la hermana menor”, permanecer a la sombra de personalidades desbordantes y arrolladoras como Victoria, Bioy Casares o Borges. Para remediar esta injusticia, Mariana Enríquez ha escrito un hermoso libro que reivindica su figura.

YO VOY, TÚ VAS, ÉL VA de Jenny Erpenbeck


UNA VENDA EN LOS OJOS



¿Qué hacer cuando se dispone de todo el tiempo del mundo? Esta pregunta se la hace Richard, un profesor universitario alemán (del antiguo Berlín oriental) recién jubilado que vive en soledad no deseada (su esposa falleció y su segunda pareja lo abandonó hace tiempo) en una hermosa casa junto a un lago. Es plenamente consciente de que, pese a su prestigio, pronto nadie en el mundo académico lo echará de menos, por lo que continúa con su rutina (hacer la compra en el supermercado, poner orden en la vivienda) y busca una nueva ocupación para no sucumbir a la depresión. Un día, entra en contacto con un grupo de inmigrantes ilegales africanos que, mientras esperan a que su situación se regularice, intentan aprender alemán y acostumbrarse a una nueva cultura. Richard decide colaborar con los voluntarios que los atienden y es así como, al tiempo que reflexiona sobre su antigua condición de ciudadano alienado durante el régimen comunista, se hace amigo de unas personas que tienen un nombre, una historia a sus espaldas (trágica, muchas veces) y un único deseo: labrarse un futuro decente en una tierra de promisión que le cierra las puertas.
Yo voy, tú vas, él va, de la escritora berlinesa Jenny Erpenbeck, es una novela coral (hilvanada con múltiples historias, aunque el nexo de unión sea Richard), valiente, que denuncia, sin incurrir en fáciles sentimentalismos, el drama de la inmigración ilegal en una Europa egoísta y torpe, de escasa memoria, que prefiere mirarse el ombligo y cerrar los ojos (y las fronteras) a una realidad que terminará por superarla algún día.