Félix Ángel Moreno Ruiz

sábado, 9 de febrero de 2019

EL MENDIGO Y OTROS CUENTOS de Fernando Pessoa


PESSOA, FABULADOR



Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935), cumbre de las letras lusas del siglo XX, fue un escritor polifacético (en su abundante obra encontramos novelas, relatos, ensayos y poemas) y poliédrico, que adoptó numerosas personalidades literarias. Si en 2014 la editorial Acantilado se atrevió a publicar toda su producción detectivesca, parte de ella inédita, bajo el título Quaresma, descifrador. Relatos policíacos, ahora ha reunido una selección de sus relatos más representativos en El mendigo y otros cuentos. Nuevamente, la edición y el estudio introductorio han estado a cargo de Ana María Freitas, quien ha llevado a cabo un loable trabajo de investigación para fijar los textos. Como era habitual en el escritor portugués, muchos quedaron inacabados o sin corregir, por lo que no son infrecuentes los errores de diversa naturaleza. El libro reúne doce cuentos que, en líneas generales, se caracterizan por su brevedad y por la ausencia total de acción. Excepto los tres últimos, en los que sí se narra una historia, el resto son reflexiones, realizadas en forma de diálogo, sobre cuestiones filosóficas y metafísicas (la búsqueda de la identidad, la naturaleza racional del ser humano o la muerte) que difícilmente casan con la visión que actualmente se tiene de este subgénero narrativo. Y es que, para comprender los relatos de Pessoa (o los de su coetáneo Unamuno) hay que situarlos en una época en la que las ideas y el pensamiento filosófico tenían un gran peso en la literatura.

sábado, 26 de enero de 2019

PETIT PARIS de Justo Navarro

EL REGRESO DEL COMISARIO POLO


La Segunda Guerra Mundial, el conflicto bélico más grave e importante del siglo XX, ha sido fuente inagotable de películas y de novelas. Si, tradicionalmente, los autores fijaban su atención en la biografía de los grandes héroes y villanos, en las batallas y en las acciones de sabotaje, en los últimos tiempos se han dedicado a radiografiar el día a día de la población civil en la retaguardia, el drama de las víctimas del Holocausto en los campos de exterminio o la labor que llevaron a cabo los espías de las distintas potencias en los países ocupados y en los aparentemente neutrales. Así, París, Madrid, Lisboa o Gibraltar se han convertido en los espacios preferidos para ambientar novelas que narran las hazañas y las miserias de agentes dobles que pasaban información al Reino Unido y a Alemania o la precaria existencia de aquellos que esperaban un pasaporte falso para poder escapar del horror de la guerra.
Precisamente, en la capital francesa, en la primavera de 1943, se sitúa la acción de Petit Paris, la última novela de Justo Navarro (Granada, 1953), uno de los escritores andaluces más laureados de los últimos años, autor de una obra coherente, con un estilo propio y bien definido. El protagonista es el comisario Polo (que ya había aparecido en una novela negra anterior, Gran Granada), un policía que se traslada desde Granada, donde ejerce su labor, hasta París después de que Salas, un industrial y jerarca falangista de la ciudad andaluza, el encargue la difícil tarea de localizar a un viejo amigo común, Paolo Corpi, y de recuperar varios kilos de oro que este se llevó en su huida a Francia. El comisario, que tiene sus propios motivos para realizar el viaje (Corpi le robó una pistola de su colección particular) descubre que, tras cambiar de nombre (se hacía llamar Matthias Bohle), Paolo se dedicaba al comercio de obras de arte y que, en apariencia, se ha suicidado arrojándose a las vías del tren. Dejándose llevar por su instinto de sabueso, Polo inicia una farragosa y difícil investigación que le lleva a mezclarse con contrabandistas de arte, con agentes de la Gestapo, con republicanos que no dudan en traicionar a sus antiguos compañeros, con falsificadores de documentos y con un largo etcétera que conforma una fauna humana en la que triunfan la ambigüedad moral y el instinto primigenio de supervivencia.
Con un estilo muy cuidado, en el que la preocupación por la expresión formal es tan importante como el contenido, en el que no se desdeña la utilización de técnicas narrativas experimentales que ya están en desuso con el fin de conseguir los favores del gran público, Justo Navarro ha escrito una solvente novela negra, con la que rinde homenaje al escritor belga Georges Simenon y a su hijo literario, el comisario Maigret, que también investigaba sórdidos casos en el Paris de entreguerras, y en la que se realiza un amargo y perspicaz retrato de unos años oscuros.

CRISTO DE NUEVO CRUCIFICADO de Nikos Kazantzakis

LA ETERNA PASIÓN DE CRISTO


Nikos Kazantzakis (Heraclion, 1883-Friburgo de Brisgovia, 1957) ha sido uno de los escritores griegos contemporáneos que ha gozado de mayor proyección internacional y del favor del público lector a lo largo de varias generaciones. Autor de una obra variada y extensa, sus novelas más importantes han sido adaptadas al cine en varias ocasiones, lo que ha servido para acrecentar su fama. En la retina de todos los cinéfilos quedará para siempre la imagen de Anthony Quinn bailando el sirtaki, la danza popular helena, en el final de Zorba el griego. ¿Quién no recuerda, por otra parte, los ríos de tinta que corrieron a raíz del estreno de La última tentación de Cristo, la película de Martin Scorsese, con Willem Dafoe en el papel de Jesús? Este carácter polémico fue, sin duda alguna, el rasgo que caracterizó a Kazantzakis hasta su fallecimiento. Excomulgado por la iglesia ortodoxa, prohibidos muchos de sus libros por la católica, el autor griego no rehuyó nunca abordar temas que levantaban (y levantan) ampollas en el cristianismo como la naturaleza humana de Jesús o la hipocresía y la doble moral de algunos de los dirigentes religiosos.
En Cristo de nuevo crucificado (que también fue llevada al cine en 1957 por el director Jules Dassis bajo el título El que debe morir e, incluso, se compuso una ópera con el mismo argumento: La pasión griega de Bohuslav Martinu), Kazantzakis traslada el evangelio a la Grecia ocupada por el imperio otomano. En la localidad de Lycovrissi se celebra la Pascua. Como es tradición en el lugar, se va a llevar a cabo una representación teatral de la pasión de Cristo, por lo que las fuerzas vivas del pueblo se reúnen para elegir a los jóvenes que van a interpretar los distintos papeles. Al mismo tiempo, se presentan los habitantes de una aldea que ha sido asolada por los invasores turcos. Hambrientos, solicitan comida y techo, pero se encuentran con la oposición de los notables de Lycovrissi, comandados por el pope Grigoris, que optan por abandonarlos a su suerte. Algunos vecinos (en especial, los jóvenes que han sido elegidos para interpretar los distintos personajes de la pasión) desobedecen a su guía y deciden ayudarlos, lo que provoca el inevitable y trágico enfrentamiento.
Kazantzakis establece evidentes paralelismos entre la vida de Jesús y la del joven Manolios, que lo interpreta en la obra; entre lo que ocurrió en la Judea bajo domino romano hace más de dos mil años y lo que sucede en un pueblo griego sometido a los turcos, con una clara intención. Si se repitiera la historia de Jesús, volvería a suceder lo mismo: otro sanedrín lo condenaría, otro Judas lo traicionaría, otro Pilatos se lavaría las manos, otro Pedro lo negaría tres veces, otra Magdalena estaría a su lado y, de nuevo, Cristo sería crucificado.

sábado, 12 de enero de 2019

DEVIL'S DAY de Andrew Michael Hurley

TERROR EN LOS PÁRAMOS


Cuando hablamos de Gran Bretaña, acuden a nuestra mente iconos que, de forma sorprendente, han sobrevivido como símbolos de modernidad, a pesar de que muchos de ellos proceden de la más rancia tradición británica: la bandera (omnipresente, en los últimos años, en objetos tan cotidianos como tazas, edredones, cortinas o cojines), el Big Ben, el té de las cinco de la tarde, el fish and chips, el bombín y el paraguas del gentleman, el casco del bobby, los Beatles, el bearskin de la guardia real, la verde campiña, los campos de golf, el puente sobre el Támesis o el Dios salve a la reina. Sin embargo (como ocurre en todos los lugares), existe también una Inglaterra profunda y nada idílica, de páramos agrestes en los que ulula el viento sin cesar y nieva de forma inclemente, de turberas cenagosas en las que desaparecen el ganado que se extravía o los niños que se arriesgan a explorarlas solos. Los habitantes de comarcas tan poco generosas son personas acostumbradas a pasar fatigas y a arrancarle a la tierra su sustento, supersticiosas, apegadas a las tradiciones más ancestrales y desconfiadas del forastero.
Estos páramos, retratados magistralmente por Ruth Rendell en sus relatos de misterio, son los verdaderos protagonistas de Devil’s day, la última novela del escritor inglés Andrew Michael Hurley, que ha publicado en España la editorial cordobesa Berenice. A las Endlands de Lancashire regresa, después de muchos años ausente, John Pentecost, en compañía de su esposa Kat, tras el fallecimiento del Gaffer, el patriarca de la familia. A pesar de la dureza del clima y del trabajo, de que el accidentado viaje pone en serio peligro su matrimonio, John acompaña a su padre a cazar venados, a cuidar el ganado,  y pronto se siente atraído por una forma de vida y por una tierra que nunca ha olvidado y de la que en su momento huyó acosado por un terrible episodio de la infancia.
Escrita de forma fragmentada, en Devil’s day se mezclan la narración del presente con los angustiosos recuerdos de John y relatos que rescatan ancestrales leyendas sobre los habitantes del páramo y sobre el demonio para conformar el retrato nada amable y crudo (terrorífico, a veces) de una Inglaterra, tan real como extraña, en la que se otorga más valor a la vida de un carnero que a la de un ser humano; de una tierra en la que, como John sentencia al final del libro, “el Diablo ha estado desde mucho antes de que alguien viniera, saltando incesantemente de una cosa a otra. Está en la lluvia y en los vendavales y en el río salvaje. Está en los árboles del bosque. Está en el incendio inesperado y en el mordisco de los perros. Está en la enfermedad que puede arruinar una granja y en la nevasca que entierra todo un pueblo. Pero al menos aquí podemos verlo manos a la obra”.

domingo, 23 de diciembre de 2018

PATRIMONIO MINERO DE LOS PEDROCHES


El pasado 25 de octubre, Antonio María Cabrera Calero, profesor de Secundaria y geólogo, impartió una charla sobre la mina de los Almadenes en la sede de la asociación Piedra y Cal de Pozoblanco. Reconozco que carezco de objetividad al hablar de una persona a la que considero uno de mis mejores amigos y a la que conozco desde mi más tierna infancia (perdonen la cursilería) cuando éramos vecinos en la calle San Antonio e íbamos al mismo colegio, pero no exagero al afirmar que quienes estuvimos aquella noche en la antigua escuela Santa Ana (donde cursé el parvulario, como se decía entonces) disfrutamos de su sapiencia, de su oratoria, de su capacidad para adecuarse al nivel de la audiencia y, sobre todo, de su fino humor e inteligente socarronería.
Antonio María habló sobre los Almadenes con la autoridad que le confiere el haber dedicado (lo sigue haciendo) numerosas horas de su tiempo libre a investigar (de forma rigurosa, profunda y sistemática) la historia de la minería en los Pedroches. Me consta que, a lo largo de estos últimos años, ha realizado varios viajes al País Vasco y al Reino Unido para recabar información, para consultar documentos con los que desentrañar las vicisitudes de un sector económico que, en su día, tuvo gran importancia en nuestra tierra y que hoy ha caído en el más lamentable olvido.
Sé, porque lo animo a ello cada vez que nos vemos (ocasionalmente, desde que se trasladó su residencia a Málaga por motivos profesionales), que tiene en mente escribir un magna obra sobre la minería en los Pedroches, la cual será, sin duda alguna, manual de referencia y de consulta obligada para futuros investigadores y para toda aquella persona que sienta curiosidad por la materia. Mientras llega ese día, debemos conformarnos con publicaciones parciales en diversos medios (artículos en revistas especializadas de geología o de minería, colaboraciones en revistas de feria de los distintos pueblos) y ponencias como la que tuvimos el placer de disfrutar en octubre.
Reconozco que el entusiasmo y la pasión con que Antonio María habla (cada vez que quedamos a tomar una cerveza o un café) sobre la situación de la minería en los Pedroches a comienzos del siglo XX ha despertado mi interés por el tema, hasta el punto de que decidí situar en nuestra tierra mi última novela protagonizada por el inspector Homero (aún inédita), que viaja desde Córdoba (esta vez, sin la compañía del agente Pedro) para investigar la muerte del director inglés de una mina cercana a Alcaracejos.
Pero este artículo no solo es un merecido elogio a las cualidades profesionales y humanas que atesora Antonio María (perdonen, de nuevo, la cursilería); también es una breve y humilde reflexión (realizada desde un superficial conocimiento) sobre la situación actual de los restos mineros en nuestra tierra. Porque, si algo me quedó claro aquella noche del 25 de octubre fue que, frente a otras comarcas donde este sector tuvo  en un momento determinado de su historia una importancia similar a la que alcanzó aquí (las cuales han procurado rescatar el patrimonio y ponerlo en valor para disfrute de las generaciones futuras y como una forma de fijar la población al territorio, permitiéndole un digno sustento a través del incipiente turismo arqueológico), en nuestra tierra se han tratado (salvo contadas excepciones) con desidia e ineptitud los restos de las antiguas explotaciones, hasta el punto de que, si nadie lo remedia, lo poco que aún queda desaparecerá engullido por la maleza o por la excavadora de algún avispado constructor.
Por no haber, no hay en los pueblos que en su día vivieron de la minería una estatua o una placa dedicadas a aquellos sufridos trabajadores, ni una calle que recuerde a las sociedades mineras que se constituyeron, a los ingenieros (en algunos casos, personas de reconocido prestigio; en otros, aventureros extranjeros de vida apasionante) que dirigieron los pozos o a los banqueros que los financiaron, en una manifestación de supino olvido de lo que un día fue nuestra tierra: una de las comarcas mineras más importantes de la Península, apreciada ya por los romanos, que se adentraron en sus entrañas buscando sus tesoros.
Al igual que Larra se lamentaba a comienzos del siglo XIX (en uno de sus famosos artículos) del estado calamitoso en que se encontraban las ruinas romanas de Mérida y del escaso valor que les daban los habitantes de la ciudad pacense, que parecían ignorar el dorado que había bajo sus pies (hoy, la mayor parte de sus ingresos procede del turismo arqueológico y del festival de teatro que se celebra anualmente en el teatro romano), cualquier persona entendida en la materia se echa las manos a la cabeza al ver el abandono y deterioro de nuestro otrora rico patrimonio minero.
Deseemos que (como en otras ocasiones) no sea demasiado tarde porque entonces solo nos quedará mesarnos, desesperada e inútilmente, los cabellos (perdonen la pedantería) por la oportunidad perdida.

sábado, 22 de diciembre de 2018

LIBERTY BAR de Georges Simenon


EL REGRESO DE MAIGRET



Debo reconocer que Georges Simenon (Lieja, 1903 - Lausana, 1989) es uno de mis escritores de novela policíaca preferidos, como lo es de Andrea Camilleri, el gran maestro del género negro en Italia, que lo adaptó a la pequeña pantalla cuando trabajaba como guionista en la televisión pública de su país. En mi caso, los motivos están claros: son relatos breves, con planteamientos impecables, sin fuegos de artificio ni engaños al lector, escritos con un estilo que aúna la concisión y la aparente sencillez. Aunque el autor no se va por las ramas con digresiones que retardan la resolución del caso, no escatima reflexiones (cargadas de mordaz ironía) sobre el comportamiento humano.
Por eso, que la editorial Acantilado haya decidido reeditar primorosamente las novelas protagonizadas por Maigret es una excelente noticia para los amantes del género negro. La última ha sido Liberty Bar, publicada originalmente en 1932, en la que el comisario abandona su coto de caza particular (Paris) para encargarse de un curioso caso en la Costa Azul: el asesinato de un empresario australiano, que ha abandonado a su familia, los negocios y la respetabilidad burguesa para adoptar un estilo de vida bohemio y disipado. La investigación obligará al comisario a visitar los ambientes más variopintos (desde hoteles de lujo a inmundos tugurios) y a tratar con personas en cuyos corazones, a pesar de pertenecer a clases sociales muy distintas, laten las mismas bajas pasiones.

domingo, 2 de diciembre de 2018

SIN PENA NI GLORIA


Acuérdate de Paula porque vas a morir es mi segunda novela. La escribí en 2012, inmediatamente después de acabar Un revólver en la maleta y antes de comenzar Estaré esperando para matarte, las dos novelas protagonizadas por Homero publicadas hasta la fecha. Decidí dar a conocer antes la segunda entrega del inspector para complacer a los escasos lectores que tengo, que me abordaban por la calle pidiéndome un nuevo caso del policía cordobés y de su compañero Pedro. Esta decisión y el hecho de que luego me embarcara en otros proyectos (la pieza teatral Pañuelos bajo la lluvia y el libro de relatos Misterio en los Pedroches) me permitieron revisarla a conciencia, volver sobre ella una y otra vez, pulirla, despojarla de escenas escabrosas que, observadas con el distanciamiento que ofrece el paso del tiempo, no aportaban nada relevante a la trama.
No hay peripecias detectivescas en Acuérdate de Paula porque vas a morir, donde prevalece lo negro sobre lo policíaco. Hay, por supuesto, una investigación, unos policías (o, más bien, un expolicía porque ya está jubilado), pero todo esto no tiene excesivo peso en la historia porque la atención se busca por otros procedimientos. Al lector no se le engaña con subterfugios, sospechosos habituales y pistas falsas; por el contrario, este intuye, sabe cosas o las adivina. Acompaña de la mano a los personajes en sus temores, en sus miedos; conoce, a veces, más que ellos y, al tiempo, ignora lo importante, por lo que se ve inmerso en un bucle de horror, de desesperación, de ilusiones truncadas, de locura.
Como suele ocurrir en mi narrativa, Acuérdate de Paula porque vas a morir posee una estructura compleja, con varias partes que sitúan la novela en dos espacios temporales distintos: uno, la Córdoba actual, donde se comete una serie de crímenes que, en apariencia, no tienen nada en común. Otro, la Córdoba de los años ochenta del pasado siglo, con la historia de una familia de inmigrantes oriundos de los Pedroches. También (como ya es algo habitual en mí) he procurado que el lector los reconozca. Así, las costumbres, música, calles, objetos y vehículos están presentes de manera natural para otorgar mayor verosimilitud a la trama. En esta ocasión, y a diferencia de las novelas protagonizadas por Homero y situadas a comienzos del siglo XX, la ambientación me resultó fácil porque son dos épocas (la actual y la de hace 25 años) que conozco en profundidad por haberlas vivido (in situ, como diría el inefable Catarella).
En Acuérdate de Paula porque vas a morir, por encima de la historia, del argumento y de la trama, destaca el universo de los personajes. En el proceso de escritura puse mi mayor empeño en su diseño, en que tuvieran una vida interior, en que evolucionaran de forma natural, en que no fuesen de cartón piedra o planos, como suele ocurrir (por las propias características del género) en la novela policíaca. De entre todos, destaca especialmente un personaje femenino. Posee una personalidad compleja, es contradictorio y misterioso (a veces, actúa como antagonista; a veces, como protagonista). Quien se adentre en la lectura de la obra probablemente terminará empatizando con él y con sus inquietudes.
Ya he dejado escrito más arriba que Acuérdate de Paula porque vas a morir es una novela negra. Como tal, pretende la reflexión del lector. No se busca que aparezcan crímenes aquí y allá sin ninguna justificación. En este sentido, se trata de una historia sobre la locura, la venganza, la amistad, el amor y la traición. Hay también un componente social porque realizo un retrato (nunca he pretendido que sea meramente costumbrista, sino crítico) de los barrios cordobeses, del entramado social de la ciudad.
Pese a todo, no es una novela de tesis, no defiendo ninguna postura. No hago apología de nada, solo coloco a unos personajes en una situación límite y los abandono a su suerte. Caminan sin ayuda, guiados por su propia ética (o por la ausencia de ella), por las pasiones más bajas, por la esperanza y por el deseo de venganza.
Por encima de todo, Acuérdate de Paula porque vas a morir es una novela que busca el entretenimiento. Mi mayor deseo (siempre ha sido así) es que el lector pase un rato ameno, que la lea en pocos días (o en pocas horas) y que, al final, tenga la sensación de que ha sido demasiado breve, de que bien podría haber tenido unas cuantas páginas más.