Félix Ángel Moreno Ruiz

domingo, 17 de junio de 2018

DENUNCIA INMEDIATA de Jeffrey Eugenides


LA REALIDAD Y EL DESEO


En 1999, Sofía Coppola (hija del aclamado cineasta Francis Ford Coppola, en cuya saga sobre los Corleone, la familia mafiosa protagonista de El padrino, había aparecido como actriz) sorprendió a la crítica y al público con Las jóvenes suicidas antes de consagrarse definitivamente como directora y guionista con Lost in Translation, película con la que obtuvo el Óscar al mejor guion original. Las jóvenes suicidas era una adaptación bastante fiel de la novela homónima del escritor norteamericano de origen griego Jeffrey Eugenides (Detroit, 1960), en la que se contaba la historia de los Lisbon, una familia de clase media, aparentemente feliz, cuyas hijas adolescentes se suicidaban y en la que se nos mostraba (como, en American Beauty, la oscarizada película estrenada también en 1999) la cara amarga y nada amable del sueño americano.
En una carrera paralela a la de Sofía Coppola en cuanto a éxitos se refiere, Eugenides logró con su segunda novela, Middlesex, el premio Pulitzer en 2003, a la que siguió La trama nupcial en 2013, con las que se ha convertido, por derecho propio, en una de las figuras más relevantes del nuevo panorama literario norteamericano, hasta el punto de que la crítica más especializada ha llegado a compararlo con J. D. Salinger, autor de El guardián entre el centeno. Ahora ha regresado a la actualidad literaria y lo ha hecho con Denuncia inmediata, un conjunto de relatos, publicado en España (como sus tres otras anteriores) por Anagrama en la colección Panorama de narrativas.
Conforman el libro once cuentos, uno de los cuales (exactamente el último) da título a la obra en su conjunto. El término denuncia inmediata hace referencia a un legalismo de la justicia estadounidense (fresh complaint) que se suele utilizar en los juicios por violación y que, en esta ocasión, sirve para ejemplificar lo que el lector va a encontrar en el resto de cuentos porque ni asistimos a una verdadera violación ni la denuncia llega a culminar en un juicio y tampoco es inmediata, aunque si traerá dramáticas consecuencias para la vida de los protagonistas.
En la obra de Eugenides y, más concretamente, en este puñado de magníficos cuentos, hay una desfase entre lo que los personajes esperan de la vida o de un hecho concreto en el que han puesto todas sus esperanzas y lo que consiguen después de tanto empeño, que provoca una frustración evidente. Ocurre en Jeringa de cocina con los deseos de Tomasina de obtener un esperma de la mejor calidad para engendrar un hijo aceptable; ocurre en Música antigua, cuando Rodney se ve incapaz de abonar los pagos pendientes de su clavicordio; ocurre en Multipropiedad, con una familia atada a un motel de mala muerte y ruinoso, en el que ha invertido todos sus ahorros; ocurre en Buscad al malo, donde las ilusiones de una pareja casada por conveniencia sucumben a la realidad de la vida diaria; le ocurre al protagonista de La vulva oracular, el doctor Peter Luce, que viaja a la selva para poner a prueba sus más avanzadas teorías sobre la sexualidad y se ve obligado a aceptar la evidencia de los hechos consumados; ocurre en Huertos caprichosos porque ni María ni Sean consiguen pasar la noche con Annie, el objeto de sus fantasías más lujuriosas; ocurre, finalmente, en Magno experimento, cuando los deseos de Kendall de enriquecerse de forma ilícita se topan con la amarga realidad de un jefe que no se deja engañar fácilmente.
Sin embargo, a pesar de esta evidente frustración, que provoca situaciones traumáticas, a las que se ven abocados los personajes de los cuentos, bien por su mala cabeza, bien por un momento de impulsividad en el que se dejan arrastrar por los instintos más primarios, bien por ceder al lado oscuro de la naturaleza humana (el afán de enriquecimiento rápido, la concupiscencia, la soberbia intelectual), Eugenides da un paso más allá y, sin pretender ofrecernos una lección moral, busca una salida airosa para su maltrechos protagonistas: la mayoría acepta, finalmente, las consecuencias de sus actos y saca una lectura positiva para su incierto futuro.
Quejas, el relato con el que se abre Denuncia inmediata, es una excepción a la tónica que domina en el resto de cuentos. Está protagonizado por Della, una anciana que ha iniciado el irreversible viaje hacia la demencia senil, en el que, afortunadamente, no está sola: la acompaña Cathy, su mejor amiga, y una novela que narra la vida de dos ancianas esquimales abandonadas por su tribu y que sobreviven al duro invierno. El cuento es una delicia, una pequeña joya, cuya sola presencia bastaría para justificar un libro que no hace sino acrecentar la justa fama de la que goza su autor.

domingo, 3 de junio de 2018

DONDE FUIMOS INVENCIBLES de María Oruña


CRIMEN Y MISTERIO EN SUANCES


“A veces sentimos que el tiempo que tenemos, el que apretamos, no es el que hemos escogido. Todo gira sin nuestro permiso y cada acto, cada gesto, se expande en una consecuencia infinita”.  Con estas enigmáticas palabras, comienza Donde fuimos invencibles, la última y exitosa novela de María Oruña (Vigo, 1976), escritora gallega afincada en Cantabria, donde ejerce como abogada laboralista.
Donde fuimos invencibles (al igual que sus dos anteriores obras, Puerto escondido y Un lugar a donde ir) está ambientada en tierras cántabras (concretamente, en Suances) y está protagonizada por Valentina Redondo, teniente de la Guardia civil, un personaje con el que la autora nos hace varios guiños metaliterarios: en primer lugar, es imposible no recordar a Bebilacqua y a Chamorro, los miembros de la Benemérita creados por la pluma de Lorenzo Silva; por otra parte, uno de los iris de Valentina es de color verde (el otro es marrón) como los de Hercule Poirot (al que Agatha Christie atribuyó la mirada felina de los gatos); también, como el detective belga, padece de un trastorno obsesivo que la empuja al control absoluto de las cosas y al orden más estricto (peculiaridad que comparte con el sabueso televisivo Monk).
En las tres novelas, Valentina se hace acompañar de varios secundarios de lujo (la forense Clara Múgica, el subteniente Santiago Sabadelle y el sargento Riveiro) que la ayudan en la resolución de los casos. Este último se inicia cuando en la Quinta del Amo, una hermosa finca situada en Suances, cuyo vetusto palacio se encuentra en un estado deplorable, aparece muerto el jardinero. Aunque todo apunta a que ha sufrido un infarto, los resultados de la autopsia y el hecho de que Carlos Green, el dueño de la finca (un joven americano que la ha heredado de un familiar y que acaba de instalarse para escribir una novela), le confiese a la teniente que percibe espíritu extraños, llevarán a Valentina a iniciar una investigación llena de peligros, en la que su formación científica y su concepción racionalista de la existencia entrarán en conflicto con sucesos que solo parecen tener una explicación paranormal.
La novela está dotada de una estructura compleja, en la que se alternan la voz del narrador que cuenta la investigación llevada a cabo por la teniente y por su equipo, fragmentos del borrador de la novela que Carlos Green está escribiendo, y el relato de las aventuras del profesor Machín y del especialista en Parapsicología Christian Valle. Esta estructura, lejos de ralentizar el ritmo, permite al lector tener varias perspectivas de los mimos hechos, a la vez que enriquece el discurso narrativo. Y es que, en Donde fuimos invencibles, María Oruña demuestra ser una alumna aventajada de maestros de géneros tan diversos como el policiaco, el thriller psicológico y el de misterio, a los que rinde pequeños y rendidos homenajes (Diez negritos de Agatha Christie, El resplandor de Stephen King y Otra vuelta de tuerca de Henry James, por poner algunos ejemplos reveladores) y de los que toma diversos elementos para crear una novela solvente, bien tramada, que consigue mantener la atención del lector hasta su sorprendente final.

viernes, 25 de mayo de 2018

SIN PENA NI GLORIA

Casi un año después de salir a la luz
de las tinieblas,
como correspondía a un autor
miembro fundador y honorario
del Club de los escritores incompetentes,
la obra había pasado,
entre la crítica y el público,
sin pena ni gloria.

lunes, 7 de mayo de 2018

MIS ESCRITORES DE GÉNERO POLICÍACO PREFERIDOS (III)


Conocí al detective Pepe Carvalho a través de una deplorable serie de televisión protagonizada por Eusebio Poncela, que no destacaba, precisamente, ni por su calidad ni por ser una  adaptación mínimamente fiel de los textos originales, sino por la abundancia de escenas gratuitas de desnudos (especialmente, los femeninos), algo consustancial al cine español de la época, circunstancia que, tal vez, merecería un estudio psicológico por parte de algún avezado psiquiatra. El propio Manuel Vázquez Montalbán, padre y creador del detective gallego afincado en Barcelona, renegaría tiempo después, pública y reiteradamente, de aquel engendro televisivo y hasta llegó a dedicarle un malévolo relato policíaco (Asesinato en Prado del Rey) en el que no dejaba títere con cabeza.
Del escritor catalán me gustan muchas cosas: los originales planteamientos de los crímenes; la personalidad de Carvalho (amante de la buena mesa y del mejor whisky, despiadado Torquemada de la Literatura –tenía la costumbre de encender la chimenea con un libro, cuanto más voluminoso, mejor–, comunista escéptico e irónico exagente de la CIA) y de otros secundarios de lujo como Biscuter, su ayudante para todo; su capacidad para mezclar ficción y realidad, y para retratar la sociedad española sacando a la luz sus sombras tenebrosas; por último, su dominio de la palabra (no solo fue un gran narrador, también destacó como articulista, como ensayista y como poeta), con la que dignificó un género que siempre ha sido considerado popular y de segunda división por los plúmbeos literatos de pedigrí.
También mi primer conocimiento de Juan Madrid vino de la mano de una serie de televisión de finales de los ochenta (Brigada Central), que protagonizaba un joven Imanol Arias en el papel del comisario Flores. Aquella serie me llevó a buscar otros escritos del autor malagueño y, en consecuencia, a descubrir a Toni Romano, un expolicía y exboxeador reconvertido en detective privado, que recorre los ambientes más variopintos del Madrid de la movida (desde las clases de la alta sociedad al lumpen) mientras investiga sórdidos crímenes.
Sin embargo, la narrativa de Juan Madrid que más ha influido en mí es la breve. Sus numerosos cuentos (reunidos recientemente en un volumen) abordan desde casos estrictamente policíacos hasta recreaciones literarias de los crímenes más famosos de la España de la transición democrática (la matanza de Puerto Hurraco, el asesinato de los marqueses de Urquijo, el de tres novilleros en una finca de Albacete cuando toreaban a la luz de la luna o el crimen de Los Galindos), pasando por galdosianas radiografías en negro de la sociedad madrileña y, por ende, de la española. También es variada su extensión, aunque predomina el cuento breve y algunos son solo apuntes expresionistas de lo más oscuro de la condición humana. En ellos, el autor no desdeña temas espinosos y duros como la pedofilia, el maltrato o las aberraciones patológicas, abordados con pasmosa sangre fría y sin contemplaciones. Todos poseen, como nexos comunes, la maestría con la que están escritos, el dominio de las técnicas narrativas, la capacidad de atraer la atención del lector desde la primera línea, que no puede permanecer impasible ante la terrible realidad descrita en sus páginas.
Admiro de Lorenzo Silva su profesionalidad, su solvencia como narrador y su capacidad para observar la realidad con comedido distanciamiento. Bevilacqua y Chamorro, la justamente famosa pareja de guardias civiles perteneciente a la UCO (que son las siglas de la Universidad de Córdoba, pero también de la Unidad Central Operativa de la Benemérita) que Silva tuvo a bien inventarse un buen día, recorren la sufrida piel de toro resolviendo unos crímenes que solo podían cometerse en la España postmoderna del pelotazo urbanístico, del tráfico de drogas, de la corrupción de políticos y de fuerzas del orden. Todos estos asesinatos se nos ofrecen a través de la mirada escéptica, inteligente (y, a la vez, profundamente tolerante con las debilidades ajenas) del sargento (ahora teniente) Bevilacqua, una mezcla entre perspicaz psicólogo y curtido policía. Como me ocurre con Donna Leon, una novela de Lorenzo Silva es un valor seguro que nunca, nunca defrauda, y a la que uno recurre cuando desea pasar un rato agradable de lectura sin más (ni menos) pretensiones.
Aunque me dejo en el tintero (mil perdones) a grandes cultivadores españoles del género negro (el pionero Francisco García Pavón y su entrañable Plinio, policía municipal de Tomelloso; Alicia Giménez Bartlett, autora de la saga de la inspectora Petra Delicado; el recientemente fallecido González Ledesma; el incombustible Julián Ibáñez, que ha encontrado un filón inagotable –para alegría de sus lectores incondicionales– en el pícaro Bellón, y tantos, tantos buenos novelistas: Carlos Zanón, Toni Hill, Alexis Ravelo, José María Guelbenzu…), no deseo finalizar este artículo sin dedicar unas palabras a Domingo Villar, por el que siento un cariño especial. Autor de dos novelas (es una lástima que no se prodigue más), ha creado un personaje (el inspector Leo Caldas) que me recuerda en muchos aspectos a los comisarios Brunetti (por su humanidad y su sentido de la justicia) y Montalbano (con quien comparte muchas aficiones y el hecho de que sus respectivos padres sean propietarios de bodegas de vino), y ha convertido su Galicia natal en escenario de una novela negra de gran calidad que no tiene que hablar necesariamente (¡qué hartura!) de ajustes de cuentas entre sanguinarios y televisivos capos de la droga.


lunes, 9 de abril de 2018

LA CLAVE NÉMESIS de Iñaki Martín Velasco



 VENGANZA JUSTICIERA

 
La clave Némesis es la primera incursión en el género novelístico del escritor gaditano  de relatos Iñaki Martín Velasco (San Fernando, 1971). Publicada por la editorial cordobesa Almuzara, nos cuenta, utilizando la estructura paralela, dos historias que en apariencia son independientes, pero que luego se interrelacionan al final del libro de forma sorprendente: por una parte, la investigación de un terrible crimen que lleva a cabo Denis Martel, un inspector de la Interpol, que ha elegido este destino como una especie de retiro anticipado y que está atravesando una difícil situación personal. Por otra, la aventura absurda que vive Adrian Seaten, un alto ejecutivo norteamericano, quien, tras sufrir un aparatoso accidente automovilístico cuando viajaba en compañía de Laura, una empleada de su agencia de publicidad, termina malherido en una playa andaluza, aparentemente desierta y de difícil acceso.

La clave Némesis contiene todos los ingredientes del thriller anglosajón más comercial (y, también, más convencional): una trama compleja, repleta de momentos álgidos para mantener la atención del lector, capítulos breves con el fin de evitar que la acción se ralentice, introducción de elementos eróticos y sentimentales en una historia trepidante, que lleva a los personajes a viajar por distintos continentes en un continuo juego de espejos, en el que nada es lo que parece.

lunes, 19 de marzo de 2018

MIS ESCRITORES DE GÉNERO POLICÍACO PREFERIDOS (II)


Siempre me ha interesado la novela negra mediterránea en general y la italiana en particular, quizás por una cuestión de cercanía, de identificación con su cultura, su gastronomía o su forma de entender la vida. De ahí que procuro estar al tanto de las últimas publicaciones del griego Petros Markaris o de los nuevos valores como el romano Antonio Manzini o el parmesano Carlo Lucarelli. Pero hay dos autores a los que profeso gran devoción porque me han permitido disfrutar de numerosas horas de lectura entretenida o me han hecho reflexionar sobre la condición humana.
El siciliano Andrea Camilleri (Porto Empedocle, 1925) es el creador del ya universalmente famoso comisario Montalbano. En principio, solo iba a publicar dos novelas (La forma del agua y El perro de terracota); sin embargo, decidió continuar la serie cuando el favor del público le obligó a dar vida de nuevo a un personaje que, desde entonces, lleva protagonizadas más de veinte novelas y unos cuantos  libros de relatos. ¿Cuáles son las claves de este rotundo éxito? En primer lugar, cabe destacar unos personajes que se convierten en cercanos y entrañables a base de repetir sus rasgos característicos: Salvatore Montalbano, un policía íntegro, irónico y descreído, amante de la buena mesa y de la mejor literatura, y algo reacio a acatar órdenes; su novia Lidia, una mujer inteligente y apasionada; el inepto y voluntarioso Catarella, con sus equívocos lingüísticos y sus golpes en las puertas; el eficiente Fazio, cuyo único defecto es la manía malsana de escribir largos informes que parecen sacados de un registro civil; el subcomisario Augello, paradigma del italiano mujeriego, vividor y narcisista; el doctor Pasquano, forense perspicaz y siempre malhumorado. Todos ellos y muchos más (Galluzzo, Nicolo Zito, Jacomuzzi, Bonetti Alderighi, Ingrid) conforman una pléyade de personajes fácilmente reconocibles por el lector desde que abre la primera página de cualquiera de las novelas de la serie. Esto ocurre también con situaciones que, siempre presentes, ayudan a crear un universo camilleriano único e inconfundible: el comienzo de la novela con el despertar del comisario y el parte del tiempo de esa mañana, los melancólicos paseos por la playa de Marinella, los solitarios baños en el mar, las pantagruélicas comidas (siempre de pescado y de pasta, nunca de carne) en la trattoria y el posterior paseo por el puerto para hacer la digestión mientras Montalbano reflexiona sobre el caso que tiene entre manos, las peleas telefónicas con Lidia, los tirones de oreja del jefe…. Si a esto añadimos una forma de narrar sobria y efectiva, inspirada en los libros que Georges Simenon escribió sobre el comisario Maigret (al que Camilleri adaptó para una serie cuando trabajaba en la RAI), unas historias bien estructuradas, unas tramas y una ambientación realistas y cercanas, entonces comprenderemos tan merecido éxito y por qué el nonagenario escritor es considerado, con justicia, uno de los más grandes creadores de novela negra de todos los tiempos.
Nacida en Estados Unidos, pero de origen italiano y afincada en Venecia desde hace muchos años, Donna Leon es una de las escritoras a la que recurro cuando deseo leer una historia sencilla, solvente y bien escrita. Tengo que reconocer que sus novelas no destacan, precisamente, por una trama policíaca compleja ni por una gran cantidad de sospechosos (de hecho, los finales no suelen ser especialmente sorprendentes), pero Guido Brunetti, el comisario protagonista de gran parte de su narrativa, representa el paradigma de persona tranquila y buena: siempre respetuoso con sus semejantes, poseedor de una fina ironía (que le permite la convivencia con su jefe, el inepto y arribista vicequestore Patta), buen padre, fiel amigo y mejor compañero, observa la realidad que le rodea con el distanciamiento propio de un hombre culto e inteligente. Desde luego, es un policía atípico en el panorama literario del género negro, donde abundan los sabuesos desquiciados, alcohólicos, enfrentados con el mundo y con ellos mismos, que arrastran numerosos traumas y problemas personales. Por el contrario, a través de los ojos de Brunetti vivimos el día a día de un policía corriente, que va dando un paseo o coge el vaporetto para ir a la comisaria (como haría cualquier veneciano), que soporta con estoicismo el acqua alta, la desidia y corrupción de los gobernantes municipales o la invasión de turistas que convierten la ciudad de los canales en un espacio inhabitable. Luego, cuando regresa a casa, comenta con su esposa Paola los casos que investiga o las goteras que le han salido al techo, dialoga con paciencia con sus hijos adolescentes Raffi y Chiara, almuerza en familia (la sempiterna pasta en todas sus formas) o se toma una copita de grappa mientras lee la Eneida de Virgilio.

LOS TERNEROS de Rodrigo Blanco Calderón


EL VALOR DEL SACRIFICIO


El escritor venezolano Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981) es uno de los más reputados autores de relatos del nuevo panorama literario hispanoamericano. Tras publicar tres libros que obtuvieron el favor de la crítica especializada y del público, y después del paréntesis que supuso su primera novela (The Night), ha vuelto al género del cuento con su última obra, Los terneros, publicada por la editorial madrileña Páginas de espuma.
Conforman el libro siete relatos de desigual extensión, pero con varios nexos en común que les otorgan unidad: un lenguaje limpio, fácilmente comprensible, pero que no desdeña las imágenes de gran calado simbólico (“No tienes idea del terror que se acumula en los ojos del ganado cuando sabe que van a matarlo. Es ese miedo, ese pavor que es como un linaje oculto, lo que hace de ellos unos animales mansos” dice el protagonista de Los corderos, el último relato que da título al libro, refiriéndose metafóricamente a los jóvenes estudiantes que son torturados por las fuerzas paramilitares chavistas); la construcción de los personajes (uno de los grandes aciertos de Rodrigo Blanco en este libro), especialmente de aquellos a los que dota de una personalidad estrafalaria y sumamente atractiva como Petrarca (un Lázaro mexicano que sirve de guía a Juan, su Tiresias particular), Bogdan (un rumano cincuentón que vive en París y que practica el francés confesándose con los curas en las iglesias porque los habitantes de la ciudad están demasiado ocupados para entablar una conversación), Antonio (un estudiante de porte quijotesco que enloquece leyendo la obra inmortal de Cervantes) o Thomas Hertrich (un controvertido artista de origen alemán, famoso porque en sus esculturas aparecen animales sacrificados); por último, la presencia abrumadora de la Literatura, que se manifiesta en continuas referencias a obras y a autores clásicos (Cancionero de Petrarca, Dante, Garcilaso de la Vega, Saint-Exupéry, El coloquio de los perros o El Quijote de Cervantes) y en numerosos juegos metaliterarios.
Los terneros es un libro valiente, que no evita un tema espinoso como es la situación política de Venezuela. Algunos relatos están situados cronológicamente en la etapa final del gobierno de Hugo Chávez, cuando se crea un escenario de gran inestabilidad y, al mismo tiempo, de esperanza. El retrato de aquella época no puede ser más desolador y terrorífico: las persecuciones de los grupos paramilitares o de la policía secreta, las detenciones ilegales, las torturas y vejaciones, las desapariciones forzadas… En Los hijos de la niebla (probablemente el relato más logrado), el autor va más allá y reflexiona sobre el mal endémico de su país, que ha azotado a todos los gobiernos desde la segunda mitad del siglo XX: la intromisión del Ejército en la vida política que hace muy difícil la existencia de un gobierno democrático y que convierte en inútiles los actos valerosos de sacrificio.