Félix Ángel Moreno Ruiz

viernes, 6 de diciembre de 2019

LA HOGUERA DE LAS VANIDADES

Los hechos son, al parecer, los siguientes: un entrenador de primer orden es contratado para dirigir a la Selección Nacional. Lógicamente, se lleva consigo al cuadro técnico que lo ha acompañado en su carrera. Comienza su labor, pero la repentina y gravísima enfermedad de su hija lo obliga a abandonar su puesto para estar junto a ella en tan duros momentos. Inmediatamente, se hace cargo de la Selección quien ha venido desempeñando, hasta ese momento, el cargo de segundo técnico. Tras el fallecimiento de la niña y después de pasar el período inevitable de duelo, el entrenador se ve con fuerzas para regresar al trabajo.  Es entonces cuando la Federación decide destituir a su sustituto (que, al parecer, no lo estaba haciendo nada mal) y reintegrarlo en el puesto que había dejado unos meses antes. La historia termina con unas desafortunadas declaraciones de ambos entrenadores, que se cruzan reproches, palabras gruesas y donde queda en evidencia la ruptura de una relación de varios años que, hasta ese momento, no solo había sido profesional sino de amistad.
A mí no me atrae especialmente el fútbol y, menos aún, su mundo y todo lo que lo rodea (contratos estratosféricos, el culto a la competitividad malsana y a ganar a toda costa). De hecho, detesto la mitificación de ciertos jugadores y lo que representan (el éxito rápido, la ostentación hortera y obscena del dinero, los comportamientos pueriles) porque son perniciosos ídolos para la juventud actual. Si la historia anterior me ha interesado, si la he seguido en la prensa, ha sido por el interés humano y por la lección moral que encierra porque presenta similitudes con un tipo de relación tóxica que se produce, en no pocas ocasiones, entre una figura que destaca en alguna disciplina y su subalterno.
Cuando un discípulo se acerca a un maestro, suele hacerlo motivado por la sincera admiración que siente hacia él y también por una natural necesidad de encontrar a alguien que lance una carrera que acaba de nacer. No es nadie, no posee influencias ni amistades provechosas y se agarra como un clavo ardiendo a alguien que puede ayudarlo. El maestro, que percibe su valía, lo recibe con una generosidad no exenta de vanidad porque al ser humano le agrada saberse admirado y convertirse en una especie de Pigmalión, que moldea a un inferior a su imagen y semejanza. A veces, aprovecha la ocasión para abusar del pupilo y de su trabajo, con la vana promesa de su ayuda.
Pasa el tiempo y, poco a poco, el discípulo, como alumno aplicado que es, aprende las técnicas y los trucos de su maestro y accede a sus contactos. En cuanto este se percata de que el polluelo vuela solo y de que lo hace con majestuosidad, comienzan las susceptibilidades y el distanciamiento. La ruptura, inevitable y definitiva, se produce cuando el otrora alumno se atreve a competir con su tutor y le disputa las mismas presas. Entonces, este, indignado, reniega de su antiguo discípulo, al que considera un medrador, que se había acercado a él por puro interés. Por su parte, el protegido, ya en la cúspide, minusvalora y desprecia la ayuda pues considera que él está donde está por sus propios méritos.
Hay un clásico del cine que refleja en toda su crudeza lo que acabo de describir: Eva al desnudo de Joseph Mankiewicz, en el que una aspirante a actriz, Eve Farrington, aborda a la estrella Margo Channing para conseguir una oportunidad. A lo largo de la película, Eve se muestra como una persona arribista y sin escrúpulos, capaz de todo para conseguir su sueño. Cuando, por fin, alcanza el éxito, otra joven se le acerca y Eva contempla en sus ojos la misma ambición y osadía que albergaba en su interior cuando era una desconocida.
Por desgracia, son muchos los ejemplos paradigmáticos de esta relación tóxica que jalonan la historia de la Humanidad. Aunque se da en cualquier ámbito de la vida (incluido el científico), es en el mundo de las Artes, por su componente narcisista, donde más abunda. Como ilustración, podría citarse algún caso llamativo, como la particular relación que mantuvo Juan Ramón Jiménez con varios poetas de la llamada Generación del 27. El mecenazgo generoso del escritor onubense se convirtió en un cruce de desplantes y de despropósitos porque la personalidad del Premio Nobel, desmesurada y desmesurante, chocó pronto con unos jóvenes repletos de talento y, también, de soberbia. De esta forma, el maestro amado se convirtió luego en objeto de mofa y de desprecio.
En fin, historias de egolatría, de ambiciones desmedidas, de deslealtad, de traición, que son el combustible necesario para alimentar la hoguera.
La hoguera de las vanidades.

domingo, 24 de noviembre de 2019

EL NIÑO QUE COMÍA LANA de Cristina Sánchez-Andrade


GALICIA PROFUNDA


El tremendismo es una corriente literaria que se cultivó profusamente en los primeros años de la posguerra, caracterizada por un lenguaje crudo que retrata ambientes desagradables y violentos con personajes marginales. La novela paradigmática de este estilo fue La familia de Pascual Duarte, en la que un condenado que está esperando en la celda la hora de su ajusticiamiento por garrote vil cuenta las malaventuras de una vida dominada por la pobreza, la enfermedad y el crimen. Al adentrarnos en los quince relatos que componen El niño que comía lana, la última obra de la escritora gallega Cristina Sánchez-Andrade (Santiago de Compostela, 1968), inevitablemente acude a nuestra mente el recuerdo de la novela de Camilo José Cela y de otros clásicos como Los gozos y las sombras de Torrente Ballester, A esmorga de Eduardo Blanco Amor o Los pazos de Ulloa de Emilia Pardo Bazán, libros, estos últimos, en los que se hace un retrato agrio de la Galicia profunda y de sus males endémicos: el atraso económico, el caciquismo o la emigración.
Cristina Sánchez-Andrade es, sin lugar a dudas, una de las grandes voces femeninas del panorama literario actual. Autora de una decena de novelas y de varios libros de relatos, posee un estilo propio, reconocible en cualquiera de sus escritos y que en El niño que comía lana se manifiesta con rotundidad. A veces, con una crudeza extrema y, a veces, con el ropaje de la sutilidad, nos adentramos en la vida de unos personajes que transitan por los distintos cuentos: en unos son protagonistas y en otros, secundarios o evocaciones del pasado que sirven para dar unidad  y para crear un universo temático que convierte el libro en algo más que un conjunto de relatos porque las historias contadas se interrelacionan, tejen y destejen las distintas tramas, trasvasan los límites del cuento, aparecen y desaparecen.
Siguiendo los postulados tremendistas, por la obra deambulan nobles degenerados, niños envejecidos prematuramente por una vida miserable, seres que actúan movidos por la desesperación más extrema o por patologías mentales, episodios de violencia absurda y gratuita, crueldad y hambre, mucha hambre. Aunque predomina el retrato de la Galicia rural de la primera mitad del siglo XX, algunos relatos están ambientados en la actualidad, lo que otorga vigencia a un modelo que, en principio, pertenece a otra época. Si ya de por sí las historias subyugan por su impacto visual, la plasticidad del lenguaje, en el que predominan las continuas referencias al mundo de los sentidos (Cristina Sánchez-Andrade posee la habilidad de crear poderosas imágenes sobre el olor, el sabor y el tacto que tienen la miseria y la podredumbre), atrapa al lector desde la primera página y lo sumerge en un mundo que repulsa y atrae a partes iguales.

domingo, 27 de octubre de 2019

MANDERLEY EN VENTA Y OTROS CUENTOS de Patricia Esteban Erlés


REGRESO A MANDERLEY


Los tres componentes de todo buen relato breve son un inicio que atrape al lector y lo anime a seguir leyendo, un desarrollo ágil con escasas descripciones, y un final sorprendente y abierto que invite a la reflexión. Estos son, precisamente, los ingredientes fundamentales de Manderley en venta y otros cuentos, la última obra de la escritora maña Patricia Esteban Erlés (Zaragoza, 1973), una de las más reputadas cuentistas españolas de los últimos años (Abierto para fantoches, Azul ruso, Casa de muñecas), autora también de una novela, Las madres negras, Premio Dos Passos en 2017.
Manderley en venta y otros cuentos es, en realidad, una reedición revisada y ampliada con dos relatos más de la obra con la que comenzó su andadura como escritora y con la que fue finalista del Premio Setenil y consiguió el de Narración Breve de la Universidad de Zaragoza en 2007. Publicada en esta ocasión por Páginas de espuma, reúne doce relatos en los que la voz narrativa se alterna entre la tercera omnisciente (Una y otra) y la primera de un hombre (De culos y manzanas) o de una mujer (Habitante). Algunos nos hablan de relaciones perdidas y de desamor (De culos y manzanas, Vania); otros son magníficos ejemplos de terror infantil (Historia de una breve alma en pena, El juego), que recuerdan a El otro, la aclamada novela del actor hollywoodiense Tom Tryon; los hay que erizan los cabellos (Celebración) y los que dejan una sensación desagradable de frío en la nuca (Cantalobos); también encontramos relatos de féminas depredadoras (Una y otra), de asesinas de inspiraciones socráticas (Me puedo hacer verdad) y de perversos machos que coleccionan señoritas de Trevélez arnichianas con pasmosa crueldad (La más bella del baile); y, en fin, hay estupendos cuentos de corte surrealista y onírico (Líenea 40, Ada Neuman). Sea cual sea la temática, todos están escritos con un estilo aparentemente sencillo (que, en algunas ocasiones, invade intencionadamente el territorio del registro coloquial), pespunteado con un sutil hilo de ironía y de humor ácido, marca de la casa, que le permite a la autora elaborar acertadas radiografías de la sociedad actual, poblada de seres superficiales, obsesionados con el culto al cuerpo y la belleza efímera, como las protagonistas de Una y otra, que  “hacen pilates y yoga, que siempre imprime un halo espiritual, una especie de luminosidad facial, un no sé qué que queda murmurando cuando pasan por la calle y los coches pitan y se asoman a sus ventanillas innumerables bustos de hombres, petrificados de puro deseo”. Si a todo esto añadimos las continuas alusiones metaliterarias (Patricia Esteban Erlés es una escritora culta que bebe de fuentes muy diversas), podemos concluir que estamos ante un libro de excelente factura que no dejará indiferente a ningún lector.

DOS AMORES PERDIDOS de Juan Villoro


LLUVIA PURIFICADORA


Bajo el sugerente título de Dos amores perdidos, el escritor mexicano Juan Villoro ―galardonado, entre otros premios, con el Herralde de novela por El testigo en 2004― nos presenta dos relatos que tienen como tema principal la reflexión de sus protagonistas sobre el fracaso de las relaciones amorosas. En el primero, titulado Llamadas de Ámsterdam, Juan Jesús, un pintor frustrado, intenta reconducir un matrimonio que naufragó diez años antes. Al tiempo que se convence de que el pasado ya no volverá, hace balance crítico de su existencia y de la época que le ha tocado vivir: la corrupción política y la cotidianidad de la violencia en México. En Conferencia sobre la lluvia, un bibliotecario improvisa una charla que, en principio, versa sobre libros, pero que pronto se convierte en un recorrido por sus aventuras sentimentales. Como acertadamente señala Villoro en el prólogo de libro (Dos formas de la lluvia), refiriéndose a los contadores de cuentos tradicionales, “las buenas historias concluían antes de que se apagara el fuego; luego, cuando solo unos tiznones brillaban en la oscuridad, los enigmas que se habían narrado alumbraban el sueño de quienes los habían oído”. Y, precisamente, los dos relatos que conforman De amores perdidos, con sus finales abiertos, sugieren, dejan interrogantes que nos invitan a la reflexión melancólica, en la que la lluvia es el agua purificadora que nos libera del peso del fracaso.

domingo, 6 de octubre de 2019

UN PLAN SANGRIENTO de Graeme Macrae Burnet


GÉNESIS DE UN CRIMEN


La demanda insaciable de series de televisión en las plataformas de pago ha puesto de moda el género del true crime, en el que se recrea un crimen verdadero o la vida de un enemigo público (asesino en serie, miembro del hampa o del narcotráfico). Esta moda no es solo cinematográfica: actualmente salen a la luz numerosos libros en los que, a caballo entre la crónica periodística y la fabulación literaria, y siguiendo el modelo de la magnífica A sangre fría de Truman Capote, se investigan los casos más famosos de los anales del crimen. La editorial Impedimenta, que ha publicado este año La poeta y el asesino de Simon Worrall, sobre las andanzas del falsificador mormón Mark Hofmann, nos presenta ahora en Un plan sangriento (subtitulado El caso Roderick Macrae) un falso true crime ambientado en Hielands, las tierras altas de Escocia. En los primeros años de la segunda mitad del siglo XIX, un adolescente se declara culpable del asesinato, aparentemente sin motivos y utilizando altas dosis de violencia y de crueldad, de tres miembros de una misma familia, dos de ellos menores de edad. A partir de los testimonios de diversos testigos, de la confesión del reo, de los informes médicos, de las autopsias y de las crónicas de los periódicos que siguen la evolución del caso (detención, juicio y sentencia), el lector va descubriendo la verdad de los hechos y los motivos que condujeron a Roderick a cometer los homicidios.
Publicada originalmente en inglés en 2015, Un plan sangriento es la segunda novela del escritor escocés Graeme Macrae Burnet (Kilmarnock, 1967), quien con su ópera prima, La desaparición de Adèle Bedeau, recibió el favor del público y de la crítica, lo que le ha llevado a escribir recientemente una secuela: El accidente en la A35.
En aras de la verosimilitud, el protagonista de la novela que ahora nos ocupa lleva el mismo apellido que el autor, quien juega, como hizo Cervantes en la primera parte de El Quijote, a ser el mero transmisor y corrector de un manuscrito que ha caído en sus manos: el relato del asesino, quien lo escribe durante su estancia en la cárcel a petición de su abogado. Acompañan a este relato diversos documentos de distinta naturaleza (periodísticos, jurídicos, médicos, testimonios orales) que conforman las piezas del puzle que el lector debe unir por su cuenta para comprender la historia en su totalidad.
Un plan sangriento es mucho más que la crónica de un crimen que bien pudo haber ocurrido: a lo largo de sus páginas, Graeme Macrae nos invita a conocer la realidad de la Escocia de hace un siglo y medio, el sometimiento de su población al caciquismo medieval, la pervivencia de supersticiones de origen celta, la connivencia de la iglesia presbiteriana con el poder y la presencia de un ancestral patriarcado que ahoga las ilusiones de un muchacho sensible e inteligente.

lunes, 5 de agosto de 2019

EL OTRO de Thomas Tryon

PURA MALDAD



En 1971, la publicación de El otro dio a conocer a un novelista que, hasta ese momento, había sido un actor de cierto renombre. Thomas Tryon (Connecticut, 1926-Los Ángeles, 1991) había aparecido en numerosas películas, entre las que cabe destacar El cardenal de Otto Preminger, en la que interpretaba a su protagonista, el sacerdote Stephen Fermoyle. Pronto su figura como narrador eclipsó la cinematográfica, especialmente por el éxito que cosechó con su primera novela, que recibió el beneplácito unánime de crítica y público. Luego llegarían otros títulos emblemáticos como Harvest Home o Crowned Heads, una colección de relatos en la que aparece Fedora, que sería llevado al cine por Billy Wilder, pero El otro es, sin lugar a dudas, su obra más emblemática. Reeditada en numerosas ocasiones, adaptada por el mismo Tryon para el cine en 1972, bajo la dirección de Robert Mulligan, ahora Impedimenta la publica en castellano con la excelente traducción de Olalla García.
Poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en un pueblo del noroeste de los Estados Unidos, se sucede una serie de extrañas muertes en el seno de los Perry, una familia de granjeros que representa las más rancias esencias de Nueva Inglaterra. Todo parece indicar que en los desgraciados accidentes se encuentran involucrados Holland y Niles Perry, dos hermanos gemelos de doce años que encarnan las dos caras de una misma moneda: Holland muestra comportamientos psicopáticos y una frialdad terrorífica, impropia de alguien de esa edad (en la retina del lector queda para siempre una de las escenas iniciales, en la que se describe cómo el niño ahorca al gato de la vecina y está a punto de perecer al caerse a un pozo seco) mientras que Niles es un muchacho tímido y bondadoso, aunque siente una atracción fatal por su hermano, al que sigue en todas sus trastadas como si fuese su sombra.
A lo largo de sus más de trescientas páginas, el lector asiste estupefacto  (a veces, horrorizado) al desarrollo de una historia que hechiza y espeluzna a partes iguales, atisba cuál será su final y, finalmente, se lleva una sorpresa mayúscula. Porque, si algo define a El otro, es el sabio manejo del suspense y de la intriga (dosificados con la suficiente maestría para que no seamos capaces de soltar la novela, que se devora en unas cuantas horas), del terror psicológico (que alcanza altísimas cotas de perversidad al centrarse en la capacidad de los niños para hacer el mal en su estado más primitivo cuando no existe la barrera moral que impone la educación) y de los cambios de giro en la trama, que nos desorientan. Con justa razón, El otro es considerada por la crítica una obra maestra del terror (el mismísimo Stephen King ha confesado que su lectura lo animó a cultivar este género), que ha dejado su impronta en novelas y en películas posteriores que le han rendido homenaje.




viernes, 2 de agosto de 2019

LATINISMOS


Hace algún tiempo, un profesor que tuve en el instituto y al que aprecio me abordó en plena calle. Algo enfadado, me dijo que no le había gustado nada que hubiera utilizado la palabra “latinajo” ―claramente peyorativa― en lugar de “latinismo”. El término en cuestión aparece en mi primera novela, Un revólver en la maleta. En una de las escenas iniciales del libro, Homero Pérez, estudiante de Filología Clásica, asiste en directo a la muerte de don Nicomedes, catedrático de Latín, que es asesinado al fumarse una pipa de tabaco envenenado con sales de cianuro potásico. El inspector Alejo, encargado del caso, se fija de inmediato en aquel joven despierto y, con la pretensión de llevárselo a su terreno ―finalmente, Homero abandonará los estudios de Letras y se hará policía―, le suelta:
―Vaya, muchacho, no sé si te has dado cuenta de algo. Sí, ya veo que sí. Eres un chico inteligente, pero algo ingenuo. Te has convertido ipso facto, y no creo que tenga que traducirte ese latinajo, en sospechoso pues tenías un motivo y también un medio para matar al catedrático.
Es evidente que mi profesor no entendió que la palabra “latinajo” está utilizada conscientemente por mí, que soy el autor, en una situación y en un contexto concretos, y con una finalidad determinada ―que nunca es el desprecio de la lengua de Horacio, a la que también estimo mucho―, aunque también es cierto que yo tampoco ―allí, en plena calle― intenté justificarme. Sirvan, por tanto, estas palabras como ulterior explicación si mi profesor las lee. Y es que no es ―ni será― la primera vez que alguien no está de acuerdo con lo que uno escribe ―hace poco un relato de Terror en los Pedroches provocó una discusión sobre una calle que parecía callejón y sobre ciertos políticos decimonónicos―, algo que, por otra parte, es lógico y hasta saludable.
Pero regresando a los latinismos, que es el tema central de este artículo, convendría aclarar que se trata de expresiones ―algunas con estructura oracional; otras, simplemente frases o palabras― escritas en latín que se utilizan en las lenguas actuales, con carácter culto, para condensar un saber referido a cualquier disciplina (jurisprudencia, ciencia, arte…). Algunos fueron creados por los romanos y otros se han gestado a lo largo de los siglos al haber sido el latín ―hasta hace bien poco― la lengua vehicular de todas las materias serias. Hoy en día, los sufridos estudiantes de Derecho deben aprender un buen número de latinismos con los que adornar luego sus exposiciones y réplicas en los juicios, pero, para el resto de los mortales, conocerlos y saber usarlos es sinónimo de cultura, de elegancia y de buen gusto ―por ejemplo, queda mucho mejor en una novela policiaca escribir que el cadáver se encontraba decubito supino que bocarriba―, aunque también hay que utilizarlos con mesura para no incurrir en pedantería.
A mí ―quizás por deformación profesional―, los latinismos que más me gustan son los literarios, especialmente, los que hacen referencia a tópicos que están presentes en la literatura de cualquier cultura y época. Algunos gozan de una salud envidiable y sirven para bautizar a bares y cafeterías como carpe diem, que invita a disfrutar del presente porque, inevitablemente, tempus fugit, el tiempo pasa y, con él, llegan la vejez y la muerte. Entonces, nos preguntamos ubi sunt?, qué fue de los poderosos que controlaban la vida de sus humildes súbditos. Como Jorge Manrique en pleno siglo XV (“¿Qué se fizo el rey don Juan? Los infantes de Aragón, ¿qué se fizieron?”), hoy podríamos preguntarnos por aquellos que, hace unos años, regían la política española ―Felipe González, Aznar, Zapatero, Rajoy― o, dentro de unos años, por los que ahora ―Casado, Sánchez, Rivera o Iglesias― se disputan el poder encarnizadamente. La respuesta ha sido, es y será siempre la misma: humo, polvo, sombra, nada (que diría Góngora).
Un latinismo que describe, como ninguna otra expresión, la ancestral tendencia humana a la corrupción, al tráfico de influencias y al amiguismo es do ut des, es decir, te doy para que me des ―te hago este favor, ya sabes, para que me lo devuelvas―, de forma que, si no se tiene nada que ofrecer, no se llegará a ser nada en la vida (bueno, sí, un don nadie).
Decía Obélix, aquel celta obeso ideado por Urdezo y Goscinny, que “están locos estos romanos”, pero ―como los detectives Hernández y Fernández― yo aún diría más: eran sabios estos romanos. 
Con sus latinismos.