Félix Ángel Moreno Ruiz

domingo, 7 de enero de 2024

DIARIOS. A RATOS PERDIDOS 5 Y 6 de Rafael Chirbes

 CHIRBES ÍNTIMO



Unos meses antes de fallecer, víctima de un cáncer de pulmón, en agosto de 2015, Rafael Chirbes envió a su buen amigo y editor Jorge Herralde los manuscritos de la novela Paris-Austerlitz y de sus diarios personales. Paris-Austerlitz, que apareció en 2016, supuso, como hiciera Luis Cernuda en Égloga, elegía y oda, el reconocimiento público de su homosexualidad a través de la historia de amor entre dos hombres, de clases sociales y gustos diferentes, en un París bohemio y cosmopolita sobre el que planea la sombra del virus del sida. Por su parte, los diarios, que llevan el sugerente subtítulo de A ratos perdidos, han sido publicados por Anagrama en tres entregas entre 2021 y 2023. La última recorre los años que van desde 2007 hasta unos meses antes de su muerte. Son, precisamente, los años de mayor éxito literario, cuando los eruditos más exigentes se rinden ante novelas de la calidad de Crematorio y, sobre todo, de En la orilla, que le valen numerosos reconocimientos y premios de entidad como el de la Crítica o el Nacional de Narrativa, pero también son los años de convivencia con las enfermedades, con el desgaste emocional y físico, con la toma de conciencia de que la vida está llegando a su fin. Como ocurría en las dos primeras entregas, Rafael Chirbes, que en la vida pública pasaba por un hombre pudoroso, poco amigo de las relaciones sociales y de las entrevistas, del trasiego del mundillo literario (quizás, por eso, el reconocimiento le llegó de forma tardía), se nos manifiesta sin tapujos opinando sobre los más variados temas, desde los asuntos cotidianos hasta la política nacional y, sobre todo, la de su tierra, donde muestra una actitud muy crítica ante la corrupción de los poderes públicos en los terribles años del pelotazo urbanístico. También hay lugar para los juicios de valor sobre compañeras y compañeros de profesión (son estos, quizás, los episodios que despiertan mayor interés morboso) y, especialmente, para la crítica literaria porque Chirbes se nos revela como un lector compulsivo, un hombre cultísimo y con un conocimiento profundo de la mejor literatura clásica y contemporánea. Sin embargo, los momentos más hermosos y emotivos de este libro se encuentran en los pasajes donde aparece Rafael a secas, ese hombre frágil y cansado que observa el paso inexorable de la vida desde la ventana de su habitación, que contempla la agonía de su gato, incapaz de llamar al veterinario para que le practique la eutanasia, y que asume su trágico destino, aunque luego incurra en un humano arrepentimiento.
Leer A ratos perdidos no supone, precisamente, para el lector que se adentre en ellos una pérdida de tiempo, sino la gozosa aventura de adentrarse en los pensamientos y en las vivencias de uno de los escritores más lúcidos e íntegros de los últimos años que, con esta magna obra póstuma, eleva y dignifica un género escasamente cultivado en nuestro país.

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