Félix Ángel Moreno Ruiz

domingo, 24 de febrero de 2019

CUENTOS DE LA NATURALEZA de José María Merino

EN DEFENSA DE LA NATURALEZA


El escritor gallego José María Merino (A Coruña, 1941) es, probablemente, el mayor representante en las letras españolas de la narrativa fantástica de anticipación y distópica. Autor de una producción extensa (que incluye la poesía, el ensayo, la crítica, la novela y el cuento) y reconocida con multitud de premios y distinciones, ha sido el relato (en especial, el microrrelato) el subgénero que más cultivado en los últimos años y en el que se ha convertido en un auténtico referente por el volumen y calidad de su obra.
Esta vasta producción y la variedad de temas tratados permiten perspectivas distintas (y enriquecedoras) en el acercamiento a su narrativa. Es lo que ha hecho la profesora de la Universidad de León Natalia Álvarez Méndez en Cuentos de la naturaleza, al reunir una extensa selección de relatos de José María Merino, escritos en distintas épocas (y pertenecientes, por tanto, a libros diferentes) que tienen como nexo común el tratamiento de la naturaleza, un tema que, salvo excepciones y siempre vinculado al ámbito rural, no suele estar presente en la narrativa española contemporánea. 
El libro está dividido en cinco partes. En la primera (“La inmovilidad del bosque”), la naturaleza es un espacio ajeno al ser humano, que la concibe como algo inhóspito, cuando no peligroso y amenazante. Así, la niña del relato Ola de frío, atemorizada por las palabras de su abuelo, imagina que la helada es una especie de terrible monstruo que posee el poder de congelarlo todo. La segunda parte (“La barandilla del balcón”), muy breve, refleja la difícil convivencia del ser humano con la naturaleza, la imposibilidad de la comunión entre lo urbano y lo salvaje, que solo provoca artificios como los zoológicos, tal y como se denuncia en el relato Selvático profundo. Con “bajo la protección de la hiedra”, se cambia de perspectiva. Ahora se muestran los intentos de integración del ser humano en su entorno, de comunión con la naturaleza, que ofrece su seno para cobijarse ante el estrés y el ruido de la vida urbana. En la cuarta parte (“El borde del estanque”), se denuncian la falta de conciencia ecológica, el egoísmo y la crueldad gratuita, que conducen a la autodestrucción. Finalmente, “Por el camino de la braña” es un breve apéndice en el que aparecen tres relatos inéditos de corte realista.
Cuentos de la naturaleza es un libro exquisitamente editado por Eolas y cuidado hasta el más mínimo detalle, que ofrece un acercamiento a la obra de José María Merino desde una perspectiva novedosa y enriquecedora. El lector asiduo a la narrativa del escritor gallego sentirá el aliciente de leerla desde un enfoque distinto y quien se acerque a ella por primera vez descubrirá a un autor imprescindible, referente indiscutible de la mejor narrativa corta de los últimos cincuenta años.


sábado, 9 de febrero de 2019

EL MENDIGO Y OTROS CUENTOS de Fernando Pessoa


PESSOA, FABULADOR



Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935), cumbre de las letras lusas del siglo XX, fue un escritor polifacético (en su abundante obra encontramos novelas, relatos, ensayos y poemas) y poliédrico, que adoptó numerosas personalidades literarias. Si en 2014 la editorial Acantilado se atrevió a publicar toda su producción detectivesca, parte de ella inédita, bajo el título Quaresma, descifrador. Relatos policíacos, ahora ha reunido una selección de sus relatos más representativos en El mendigo y otros cuentos. Nuevamente, la edición y el estudio introductorio han estado a cargo de Ana María Freitas, quien ha llevado a cabo un loable trabajo de investigación para fijar los textos. Como era habitual en el escritor portugués, muchos quedaron inacabados o sin corregir, por lo que no son infrecuentes los errores de diversa naturaleza. El libro reúne doce cuentos que, en líneas generales, se caracterizan por su brevedad y por la ausencia total de acción. Excepto los tres últimos, en los que sí se narra una historia, el resto son reflexiones, realizadas en forma de diálogo, sobre cuestiones filosóficas y metafísicas (la búsqueda de la identidad, la naturaleza racional del ser humano o la muerte) que difícilmente casan con la visión que actualmente se tiene de este subgénero narrativo. Y es que, para comprender los relatos de Pessoa (o los de su coetáneo Unamuno) hay que situarlos en una época en la que las ideas y el pensamiento filosófico tenían un gran peso en la literatura.

sábado, 26 de enero de 2019

PETIT PARIS de Justo Navarro

EL REGRESO DEL COMISARIO POLO


La Segunda Guerra Mundial, el conflicto bélico más grave e importante del siglo XX, ha sido fuente inagotable de películas y de novelas. Si, tradicionalmente, los autores fijaban su atención en la biografía de los grandes héroes y villanos, en las batallas y en las acciones de sabotaje, en los últimos tiempos se han dedicado a radiografiar el día a día de la población civil en la retaguardia, el drama de las víctimas del Holocausto en los campos de exterminio o la labor que llevaron a cabo los espías de las distintas potencias en los países ocupados y en los aparentemente neutrales. Así, París, Madrid, Lisboa o Gibraltar se han convertido en los espacios preferidos para ambientar novelas que narran las hazañas y las miserias de agentes dobles que pasaban información al Reino Unido y a Alemania o la precaria existencia de aquellos que esperaban un pasaporte falso para poder escapar del horror de la guerra.
Precisamente, en la capital francesa, en la primavera de 1943, se sitúa la acción de Petit Paris, la última novela de Justo Navarro (Granada, 1953), uno de los escritores andaluces más laureados de los últimos años, autor de una obra coherente, con un estilo propio y bien definido. El protagonista es el comisario Polo (que ya había aparecido en una novela negra anterior, Gran Granada), un policía que se traslada desde Granada, donde ejerce su labor, hasta París después de que Salas, un industrial y jerarca falangista de la ciudad andaluza, el encargue la difícil tarea de localizar a un viejo amigo común, Paolo Corpi, y de recuperar varios kilos de oro que este se llevó en su huida a Francia. El comisario, que tiene sus propios motivos para realizar el viaje (Corpi le robó una pistola de su colección particular) descubre que, tras cambiar de nombre (se hacía llamar Matthias Bohle), Paolo se dedicaba al comercio de obras de arte y que, en apariencia, se ha suicidado arrojándose a las vías del tren. Dejándose llevar por su instinto de sabueso, Polo inicia una farragosa y difícil investigación que le lleva a mezclarse con contrabandistas de arte, con agentes de la Gestapo, con republicanos que no dudan en traicionar a sus antiguos compañeros, con falsificadores de documentos y con un largo etcétera que conforma una fauna humana en la que triunfan la ambigüedad moral y el instinto primigenio de supervivencia.
Con un estilo muy cuidado, en el que la preocupación por la expresión formal es tan importante como el contenido, en el que no se desdeña la utilización de técnicas narrativas experimentales que ya están en desuso con el fin de conseguir los favores del gran público, Justo Navarro ha escrito una solvente novela negra, con la que rinde homenaje al escritor belga Georges Simenon y a su hijo literario, el comisario Maigret, que también investigaba sórdidos casos en el Paris de entreguerras, y en la que se realiza un amargo y perspicaz retrato de unos años oscuros.

CRISTO DE NUEVO CRUCIFICADO de Nikos Kazantzakis

LA ETERNA PASIÓN DE CRISTO


Nikos Kazantzakis (Heraclion, 1883-Friburgo de Brisgovia, 1957) ha sido uno de los escritores griegos contemporáneos que ha gozado de mayor proyección internacional y del favor del público lector a lo largo de varias generaciones. Autor de una obra variada y extensa, sus novelas más importantes han sido adaptadas al cine en varias ocasiones, lo que ha servido para acrecentar su fama. En la retina de todos los cinéfilos quedará para siempre la imagen de Anthony Quinn bailando el sirtaki, la danza popular helena, en el final de Zorba el griego. ¿Quién no recuerda, por otra parte, los ríos de tinta que corrieron a raíz del estreno de La última tentación de Cristo, la película de Martin Scorsese, con Willem Dafoe en el papel de Jesús? Este carácter polémico fue, sin duda alguna, el rasgo que caracterizó a Kazantzakis hasta su fallecimiento. Excomulgado por la iglesia ortodoxa, prohibidos muchos de sus libros por la católica, el autor griego no rehuyó nunca abordar temas que levantaban (y levantan) ampollas en el cristianismo como la naturaleza humana de Jesús o la hipocresía y la doble moral de algunos de los dirigentes religiosos.
En Cristo de nuevo crucificado (que también fue llevada al cine en 1957 por el director Jules Dassis bajo el título El que debe morir e, incluso, se compuso una ópera con el mismo argumento: La pasión griega de Bohuslav Martinu), Kazantzakis traslada el evangelio a la Grecia ocupada por el imperio otomano. En la localidad de Lycovrissi se celebra la Pascua. Como es tradición en el lugar, se va a llevar a cabo una representación teatral de la pasión de Cristo, por lo que las fuerzas vivas del pueblo se reúnen para elegir a los jóvenes que van a interpretar los distintos papeles. Al mismo tiempo, se presentan los habitantes de una aldea que ha sido asolada por los invasores turcos. Hambrientos, solicitan comida y techo, pero se encuentran con la oposición de los notables de Lycovrissi, comandados por el pope Grigoris, que optan por abandonarlos a su suerte. Algunos vecinos (en especial, los jóvenes que han sido elegidos para interpretar los distintos personajes de la pasión) desobedecen a su guía y deciden ayudarlos, lo que provoca el inevitable y trágico enfrentamiento.
Kazantzakis establece evidentes paralelismos entre la vida de Jesús y la del joven Manolios, que lo interpreta en la obra; entre lo que ocurrió en la Judea bajo domino romano hace más de dos mil años y lo que sucede en un pueblo griego sometido a los turcos, con una clara intención. Si se repitiera la historia de Jesús, volvería a suceder lo mismo: otro sanedrín lo condenaría, otro Judas lo traicionaría, otro Pilatos se lavaría las manos, otro Pedro lo negaría tres veces, otra Magdalena estaría a su lado y, de nuevo, Cristo sería crucificado.

sábado, 12 de enero de 2019

DEVIL'S DAY de Andrew Michael Hurley

TERROR EN LOS PÁRAMOS


Cuando hablamos de Gran Bretaña, acuden a nuestra mente iconos que, de forma sorprendente, han sobrevivido como símbolos de modernidad, a pesar de que muchos de ellos proceden de la más rancia tradición británica: la bandera (omnipresente, en los últimos años, en objetos tan cotidianos como tazas, edredones, cortinas o cojines), el Big Ben, el té de las cinco de la tarde, el fish and chips, el bombín y el paraguas del gentleman, el casco del bobby, los Beatles, el bearskin de la guardia real, la verde campiña, los campos de golf, el puente sobre el Támesis o el Dios salve a la reina. Sin embargo (como ocurre en todos los lugares), existe también una Inglaterra profunda y nada idílica, de páramos agrestes en los que ulula el viento sin cesar y nieva de forma inclemente, de turberas cenagosas en las que desaparecen el ganado que se extravía o los niños que se arriesgan a explorarlas solos. Los habitantes de comarcas tan poco generosas son personas acostumbradas a pasar fatigas y a arrancarle a la tierra su sustento, supersticiosas, apegadas a las tradiciones más ancestrales y desconfiadas del forastero.
Estos páramos, retratados magistralmente por Ruth Rendell en sus relatos de misterio, son los verdaderos protagonistas de Devil’s day, la última novela del escritor inglés Andrew Michael Hurley, que ha publicado en España la editorial cordobesa Berenice. A las Endlands de Lancashire regresa, después de muchos años ausente, John Pentecost, en compañía de su esposa Kat, tras el fallecimiento del Gaffer, el patriarca de la familia. A pesar de la dureza del clima y del trabajo, de que el accidentado viaje pone en serio peligro su matrimonio, John acompaña a su padre a cazar venados, a cuidar el ganado,  y pronto se siente atraído por una forma de vida y por una tierra que nunca ha olvidado y de la que en su momento huyó acosado por un terrible episodio de la infancia.
Escrita de forma fragmentada, en Devil’s day se mezclan la narración del presente con los angustiosos recuerdos de John y relatos que rescatan ancestrales leyendas sobre los habitantes del páramo y sobre el demonio para conformar el retrato nada amable y crudo (terrorífico, a veces) de una Inglaterra, tan real como extraña, en la que se otorga más valor a la vida de un carnero que a la de un ser humano; de una tierra en la que, como John sentencia al final del libro, “el Diablo ha estado desde mucho antes de que alguien viniera, saltando incesantemente de una cosa a otra. Está en la lluvia y en los vendavales y en el río salvaje. Está en los árboles del bosque. Está en el incendio inesperado y en el mordisco de los perros. Está en la enfermedad que puede arruinar una granja y en la nevasca que entierra todo un pueblo. Pero al menos aquí podemos verlo manos a la obra”.

domingo, 23 de diciembre de 2018

PATRIMONIO MINERO DE LOS PEDROCHES


El pasado 25 de octubre, Antonio María Cabrera Calero, profesor de Secundaria y geólogo, impartió una charla sobre la mina de los Almadenes en la sede de la asociación Piedra y Cal de Pozoblanco. Reconozco que carezco de objetividad al hablar de una persona a la que considero uno de mis mejores amigos y a la que conozco desde mi más tierna infancia (perdonen la cursilería) cuando éramos vecinos en la calle San Antonio e íbamos al mismo colegio, pero no exagero al afirmar que quienes estuvimos aquella noche en la antigua escuela Santa Ana (donde cursé el parvulario, como se decía entonces) disfrutamos de su sapiencia, de su oratoria, de su capacidad para adecuarse al nivel de la audiencia y, sobre todo, de su fino humor e inteligente socarronería.
Antonio María habló sobre los Almadenes con la autoridad que le confiere el haber dedicado (lo sigue haciendo) numerosas horas de su tiempo libre a investigar (de forma rigurosa, profunda y sistemática) la historia de la minería en los Pedroches. Me consta que, a lo largo de estos últimos años, ha realizado varios viajes al País Vasco y al Reino Unido para recabar información, para consultar documentos con los que desentrañar las vicisitudes de un sector económico que, en su día, tuvo gran importancia en nuestra tierra y que hoy ha caído en el más lamentable olvido.
Sé, porque lo animo a ello cada vez que nos vemos (ocasionalmente, desde que se trasladó su residencia a Málaga por motivos profesionales), que tiene en mente escribir un magna obra sobre la minería en los Pedroches, la cual será, sin duda alguna, manual de referencia y de consulta obligada para futuros investigadores y para toda aquella persona que sienta curiosidad por la materia. Mientras llega ese día, debemos conformarnos con publicaciones parciales en diversos medios (artículos en revistas especializadas de geología o de minería, colaboraciones en revistas de feria de los distintos pueblos) y ponencias como la que tuvimos el placer de disfrutar en octubre.
Reconozco que el entusiasmo y la pasión con que Antonio María habla (cada vez que quedamos a tomar una cerveza o un café) sobre la situación de la minería en los Pedroches a comienzos del siglo XX ha despertado mi interés por el tema, hasta el punto de que decidí situar en nuestra tierra mi última novela protagonizada por el inspector Homero (aún inédita), que viaja desde Córdoba (esta vez, sin la compañía del agente Pedro) para investigar la muerte del director inglés de una mina cercana a Alcaracejos.
Pero este artículo no solo es un merecido elogio a las cualidades profesionales y humanas que atesora Antonio María (perdonen, de nuevo, la cursilería); también es una breve y humilde reflexión (realizada desde un superficial conocimiento) sobre la situación actual de los restos mineros en nuestra tierra. Porque, si algo me quedó claro aquella noche del 25 de octubre fue que, frente a otras comarcas donde este sector tuvo  en un momento determinado de su historia una importancia similar a la que alcanzó aquí (las cuales han procurado rescatar el patrimonio y ponerlo en valor para disfrute de las generaciones futuras y como una forma de fijar la población al territorio, permitiéndole un digno sustento a través del incipiente turismo arqueológico), en nuestra tierra se han tratado (salvo contadas excepciones) con desidia e ineptitud los restos de las antiguas explotaciones, hasta el punto de que, si nadie lo remedia, lo poco que aún queda desaparecerá engullido por la maleza o por la excavadora de algún avispado constructor.
Por no haber, no hay en los pueblos que en su día vivieron de la minería una estatua o una placa dedicadas a aquellos sufridos trabajadores, ni una calle que recuerde a las sociedades mineras que se constituyeron, a los ingenieros (en algunos casos, personas de reconocido prestigio; en otros, aventureros extranjeros de vida apasionante) que dirigieron los pozos o a los banqueros que los financiaron, en una manifestación de supino olvido de lo que un día fue nuestra tierra: una de las comarcas mineras más importantes de la Península, apreciada ya por los romanos, que se adentraron en sus entrañas buscando sus tesoros.
Al igual que Larra se lamentaba a comienzos del siglo XIX (en uno de sus famosos artículos) del estado calamitoso en que se encontraban las ruinas romanas de Mérida y del escaso valor que les daban los habitantes de la ciudad pacense, que parecían ignorar el dorado que había bajo sus pies (hoy, la mayor parte de sus ingresos procede del turismo arqueológico y del festival de teatro que se celebra anualmente en el teatro romano), cualquier persona entendida en la materia se echa las manos a la cabeza al ver el abandono y deterioro de nuestro otrora rico patrimonio minero.
Deseemos que (como en otras ocasiones) no sea demasiado tarde porque entonces solo nos quedará mesarnos, desesperada e inútilmente, los cabellos (perdonen la pedantería) por la oportunidad perdida.

sábado, 22 de diciembre de 2018

LIBERTY BAR de Georges Simenon


EL REGRESO DE MAIGRET



Debo reconocer que Georges Simenon (Lieja, 1903 - Lausana, 1989) es uno de mis escritores de novela policíaca preferidos, como lo es de Andrea Camilleri, el gran maestro del género negro en Italia, que lo adaptó a la pequeña pantalla cuando trabajaba como guionista en la televisión pública de su país. En mi caso, los motivos están claros: son relatos breves, con planteamientos impecables, sin fuegos de artificio ni engaños al lector, escritos con un estilo que aúna la concisión y la aparente sencillez. Aunque el autor no se va por las ramas con digresiones que retardan la resolución del caso, no escatima reflexiones (cargadas de mordaz ironía) sobre el comportamiento humano.
Por eso, que la editorial Acantilado haya decidido reeditar primorosamente las novelas protagonizadas por Maigret es una excelente noticia para los amantes del género negro. La última ha sido Liberty Bar, publicada originalmente en 1932, en la que el comisario abandona su coto de caza particular (Paris) para encargarse de un curioso caso en la Costa Azul: el asesinato de un empresario australiano, que ha abandonado a su familia, los negocios y la respetabilidad burguesa para adoptar un estilo de vida bohemio y disipado. La investigación obligará al comisario a visitar los ambientes más variopintos (desde hoteles de lujo a inmundos tugurios) y a tratar con personas en cuyos corazones, a pesar de pertenecer a clases sociales muy distintas, laten las mismas bajas pasiones.