Félix Ángel Moreno Ruiz

lunes, 24 de junio de 2019

SÁNCHEZ de Esther García Llovet


MADRID NOCTURNO


Tras el éxito de Cómo dejar de escribir (2017), la escritora andaluza Esther García Llovet (Málaga, 1963) acaba de publicar Sánchez, la segunda entrega de la Trilogía instantánea de Madrid. Nikki, una joven que estudió Filología y regentó un bar de copas, pero que ahora navega a la deriva sobreviviendo con lo que le sale, busca desesperadamente a Cromwell, un galgo purasangre, con el que pretende montar una carrera ilegal y obtener un pingüe botín. Pero antes debe localizar a Sánchez, un antiguo novio que es un auténtico gafe, y a Bertrán, un muchacho de familia acaudalada que ha sido el último dueño del perro. 
Escrita con un estilo muy marcado, personal y desenfadado, Sánchez es una novela breve que se lee en un suspiro y que sabe a poco. De la mano de unos personajes estrafalarios y dotados de una personalidad arrolladora, el lector recorre un Madrid nocturno, de timbas ilegales, de gasolineras solitarias, de gente que trafica con anabolizantes, de absurdas performances organizadas por artistas estafadores, de buscavidas que se ganan el sustento diario dando palos a la gente con timos tan burdos y seguros como el trile, de niños pijos que no pueden dormir porque encadenan una fiesta tras otra. Es un Madrid magnético, tan real como ficticio, en el que se moverían como si estuvieran en casa muchos de los personajes de Juan Madrid o Bellón, el matón de las novelas de Julián Ibáñez.

martes, 18 de junio de 2019

sábado, 8 de junio de 2019

TERROR EN LOS PEDROCHES



Cuando concebí la idea de escribir un nuevo libro de relatos, tuve claro que se sustentaría sobre tres pilares fundamentales, que actuarían como elementos vertebradores del resto (personajes, argumentos, técnicas narrativas empleadas). Estos son el terror, los Pedroches y el humor.
    El terror es un sentimiento humano pavoroso, por el que, sin embargo, sentimos una atracción morbosa, de ahí que tanto la literatura, desde hace siglos, como ahora el cine lo cultiven con profusión y denuedo hasta el punto de que se ha convertido en uno de los géneros con mayor éxito. Tenemos que reconocerlo: nos gusta sentir escalofríos mientras leemos una historia de miedo confortablemente sentados en una butaca o mientras comemos palomitas en la oscuridad de la sala del cine. ¿Quién, siendo un niño, no ha desoído la prohibición de sus progenitores y, amparado y agazapado en la oscuridad del pasillo, no ha visto una película de miedo, de pie y en pijama, a través de la puerta entreabierta del salón para regresar a la seguridad de la cama, muerto de miedo y aterido de frío, a las tantas de la madrugada? Luego, cuando entramos en la adolescencia, solemos acudir en pandilla al cine para ver películas de terror hechas ex profeso para tal edad. Entre mis recuerdos de aquella época, estarán siempre presentes filmes tan emblemáticos como El resplandor de Stanley Kubrick sobre la novela homónima de Stephen King, Tiburón, Carrie, El diablo sobre ruedas, Aquella casa al otro lado del cementerio, El octavo pasajero o Asalto a la comisaría del distrito 13.
    El género del terror al que rindo homenaje y que aparece en los relatos es el que leí y vi en mi infancia y en mi adolescencia: libros como las Leyendas de Bécquer, las novelas Drácula de Bram Stoker, Frankenstein de Mary Shelley, Doctor Jekyll y Mister Hyde de Louis Stevenson; películas en blanco y negro, muchas de ellas mudas, como Nosferatu, el vampiro de Murneau, El gabienete del doctor Caligari de Wiene, M, el vampiro de Dusseldorf de Fritz Lang, El clavo de Rafael Gil, El bosque del lobo de Pedro Olea, La noche del cazador de Charles Laugthon, La noche de los muertos vivientes  de George A. Romero, las películas góticas de Hammer Productions protagonizadas por los inefables Christopher Lee y Peter Cushing, y la serie Mis terrores favoritos del inolvidable Chicho Ibáñez Serrador. Ahora bien, que rinda homenaje y que haga pequeños guiños al género no significa que siga, punto por punto, sus cánones. Para bien o para mal, tengo una voz propia y un estilo definido. Solo es cuestión de realizar una lectura atenta al libro para darse cuenta de que es así.
    Con Terror en los Pedroches, he pretendido contribuir humildemente al conocimiento de la comarca en Córdoba y, con mucha suerte, lejos de la provincia. Ojalá fuera yo como mis venerados Leonardo Sciascia y Andrea Camilleri, que han colocado su Sicilia natal  (su gastronomía, sus costumbres, su paisaje, sus monumentos) en el mapa cuando antes solo era conocida por ser la cuna de don Vito Corleone, el padrino cinematográfico de la Cosa Nostra. Con este libro (y con Misterio en los Pedroches y con algún otro que está por venir), pongo mi granito de arena para que esta tierra sea un espacio literario y mítico, idóneo, por su secular aislamiento, para situar historias de todo tipo y condición, incluidas las de terror.
    No pretendo, en esta obra, ahondar en el concepto de ruralidad, que tan de moda está hoy en día. Es cierto que el lector encontrará relatos protagonizados por un pastor o por una pareja que vive en un cortijo, pero yo busco con estos cuentos que los Pedroches sean mucho más que un mero espacio rural, que tengan su propia personalidad, que sean un lugar único e irrepetible. Por eso, decidí que fueran diecinueve los relatos que componen el libro (uno por cada pueblo y aldea de nuestra comarca); por eso, cada cuento tiene su idiosincrasia y recorre distintas épocas (desde comienzos del siglo XIX hasta la actualidad); por eso, los personajes que aparecen en las historias pertenecen a espectros sociales diferentes y a oficios diversos (un cosero, un pastor, un hortelano, un barbero, un usurero o un capitán de dragones del ejército napoleónico).
    Finalmente, el humor. El humor es un género que, por desgracia, no tiene mucha tradición en nuestra piel de toro. Por lo general, somos un pueblo que se ríe poco y, menos aún, de sí mismo. Deberíamos tomar nota de la cultura anglosajona, que cuenta con una larga tradición en el arte del humor cáustico, hasta el punto de que este es conocido como inglés o británico. El humor es un componente que antes no aparecía en mi narrativa, pero que me interesa cada vez más. Se manifiesta, de forma rotunda y protagonista, en una novela que acabo de escribir sobre un asesino patoso y está muy presente en Terror en los Pedroches. Lógicamente, al estar relacionado con el terror, es necesariamente un humor deformado y deformante: unas veces, esperpéntico; otras, macabro. Un humor que pretender arrancar siempre una sonrisa cómplice al lector.

lunes, 27 de mayo de 2019

LOS FALSOS DÍAS de Jesús Cárdenas


LO QUE LA REALIDAD ESCONDE


En su último poemario, Los falsos días, el poeta hispalense Jesús Cárdenas (Alcalá de Guadaira, 1973) nos invita a un apasionante viaje por la experiencia de lo cotidiano. Este viaje, como él mismo nos advierte, no es superficial ni frívolo porque de él “ningún alma sale indemne, ningún cuerpo pensado sin rasgar”. Este periplo vital está repleto de peligros (Darkness) que nos acechan al doblar la esquina, de vacíos, de soledades y de rutina, en los que ya se atisban las primeras manifestaciones de decadencia y de ruina, que se combaten buscando, en las noches de tormenta, un relámpago que ilumine la existencia. En el pasar de estos falsos días, hay tiempo para el amor y para el desamor, para lo inefable, para la separación forzada (y forzosa) y para el reencuentro, para la negación más nihilista y para la esperanza de una vida que comienza, para lo misterioso y para lo cotidiano, para el cambio de rumbo y para el eterno retorno, para las miserias y para la desprendida generosidad, para lo prosaico y para el arte: la pintura, el cine, la poesía… Sobre todo, la poesía, que se convierte en la tabla de salvación para el náufrago porque “puede estremecer nuestros pequeños corazones, aprisionar la garganta del agua y detener el vuelo de las palomas”, porque es verdad, una verdad que se nos revela, susurrándonos, “con hurtos perspicaces”.

sábado, 11 de mayo de 2019

EL ARTE DE LLEVAR GABARDINA de Sergi Pàmies

EL ARTE DE LA ELEGANCIA


El escritor y periodista Sergi Pàmies (nacido en París en 1960, donde sus padres vivían exiliados) es un intelectual lúcido e independiente, rara avis en el panorama cultural catalán, otrora uno de los más fecundos y avanzados de las letras hispanas, y hoy dolorosamente dividido y radicalizado por la cuestión independentista. Autor de una vasta producción, galardonada con innumerables premios, en la que destaca especialmente el género narrativo corto, ha publicado recientemente (primero, en catalán, y luego, traducida al castellano y editada por Anagrama) El arte de llevar gabardina, una colección de trece relatos (o doce más un bonus track para evitar supersticiones) de marcado carácter autobiográfico, en los que realidad y ficción se confunden y se aderezan con unos toques de distanciada ironía y de elegante humor. Las relaciones paternofiliales, el oficio de escritor, los recuerdos de una infancia marcada por la militancia antifranquista de sus padres (ella, Teresa Pàmies, una de las mejores escritoras en lengua catalana del siglo XX; él, Gregorio López, dirigente histórico del PSUC), el trauma de la separación conyugal, la rememoración de la vida en pareja, los achaques físicos y las obsesiones hipocondríacas son los temas recurrentes de un autor que, tal vez, no domina el arte de llevar gabardina como Humphrey Bogart o como Alain Delon, pero sí posee la elegancia en la escritura y la sana capacidad de reírse de sí mismo.

domingo, 28 de abril de 2019

SHOLOMBRA de Juan Bosco Castilla


UN FUTURO APOCALÍPTICO


Situar la historia en unas coordenadas espaciotemporales inexistentes en las que todo es idílico (utopía) o, por el contrario, en las que la sociedad humana está en decadencia (distopía)es un recurso que ha sido utilizado profusamente a lo largo de los siglos. Las motivaciones son variadas. A veces, se trata de denunciar los males que afectan a una comunidad o a un país concretos porque el autor no disfruta de la suficiente libertad para hacerlo abiertamente. Es el caso de Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift o de Los estados e imperios de la Luna de Cyrano de Bergerac. En otras ocasiones, aunque pertenece a un estado democrático que respeta las libertades de creación y de expresión, el novelista prefiere elaborar una compleja alegoría repleta de paralelismos y de metáforas―, renombrar las cosas, idear un sistema político y una forma de organizar la sociedad diferentes, consciente del atractivo que supone para el lector trasladarse a un mundo que parece tan distinto, pero que, en el fondo, es muy semejante al que le ha tocado vivir, al tiempo que lo invita a reflexionar sobre las consecuencias de sus actos. La permanencia en la retina y en la memoria del lector y en las del espectador en las ulteriores adaptaciones cinematográficas de Un mundo feliz de Aldous Huxley, de La naranja mecánica de Stanley Kubrick, de 1984 de George Orwell o de El planeta de los simios de Pierre Boulle radica, precisamente, en que sus autores decidieron situar sus novelas en apocalípticas sociedades distópicas. Consciente de esta trascendencia, el escritor cordobés Juan Bosco Castilla (Pozoblanco, 1959) ha creado, a lo largo de varios y fecundos años, una magna obra, la trilogía Occidente, cuyo primer volumen es Sholombra. En una sociedad en inexorable declive, en un “cementerio de muertos vivos que no se atreven a salir de sus tumbas”, dominada por la verdad absoluta que ha devenido en un estado corrupto y totalitario, que ha convertido a los humanos en seres timoratos, planos y rutinarios, aparece un personaje que, marcado por una dura infancia, se siente como una nota discordante cuando descubre el poder del crimen como medio para conseguir sus fines. Al tiempo que sufre en sus carnes el poder terrible del amor, inicia una desesperada huida de la ciudad, donde sus habitantes, víctimas de la violencia y sometidos por las mafias, “caminan por las avenidas esperando que los rescate la nada, como los autómatas, como almas en pena”.
Sholombra es la novela de un autor en plena madurez, dotado de una capacidad innata para narrar y de una imaginación desbordante, que escribe por el placer de fabular historias que debería ser el verdadero objetivo de todo buen escritor, de dar vida a los personajes que anidan en su imaginación y de materializar su particular visión del mundo.