Félix Ángel Moreno Ruiz

domingo, 15 de mayo de 2022

GUÍA DE LOS PASOS PERDIDOS de Javier Vela

RUMBO AL MAR


Javier Vela (Madrid, 1981) es un escritor polifacético: poeta (fue Premio Adonais en 2003), novelista, traductor, ensayista y ahora, que acaba de publicar en la editorial Páginas de Espuma su última obra, Guía de pasos perdidos, autor de relatos. El libro lo conforman once cuentos de desigual extensión (muy breves, como Zoológico privado, o de gran densidad, como La habitación), que tienen un nexo común: los protagonistas suelen ser seres desvalidos, acosados por la enfermedad, la tragedia, la soledad o el desamor, que han perdido el rumbo y buscan aferrarse a cualquier tabla de salvación por muy miserable que sea. Así, los personajes se refugian en los recuerdos, en la aceptación de su propia condición de personas vulnerables, en la nostalgia, en el perdón, en la huida hacia delante o en la búsqueda de un destino, que, en algunos casos, coincide con la muerte. Javier Vela aborda espinosos temas como el abuso sexual de menores llevado a cabo por un familiar o el cáncer terminal con exquisita sensibilidad y con un estilo en el que afloran poderosas imágenes de gran belleza y de intenso lirismo, que muestran la siempre difícil simbiosis entre narrador y poeta. Muchos de estas imágenes están relacionadas con el mar (la espuma, la arena de la playa, las conchas, las gaviotas, las sirenas, el sol estival), que en Guía de pasos perdidos se convierte en metáfora de la condición humana.

lunes, 2 de mayo de 2022

ARENA NEGRA de Cristina Cassar Scalia

 CRIMEN Y MISTERIO A LOS PIES DEL ETNA


Isla de Sicilia. El Etna entra, una vez más, en erupción. Mientras arroja lava y las localidades vecinas se cubren de ceniza negra, en una mansión de Sciara aparece el cadáver momificado de una mujer oculto en un montacargas que lleva más de medio siglo sin utilizarse porque la villa, a raíz del asesinato de su dueño, Gaetano Burrano, fue abandonada por la esposa de este, Teresa, una mujer avara y sin escrúpulos, que se complace en tratar como un siervo a su sobrino y único heredero, Alfio Burrano. Es este quien descubre el cadáver cuando Chadi, un trabajador de origen tunecino, al que tiene contratado para mantener en pie la finca, le avisa de que hay filtraciones de agua en las paredes de la casa. A partir de ese momento, se pone en marcha la maquinaria policial para desentrañar el misterio que envuelve al cadáver, intentar identificarlo, explicar por qué fue emparedado en vida y, lo más arduo, encontrar al culpable que, dado el tiempo que ha transcurrido desde el crimen, posiblemente ha fallecido. La encargada del caso es la subcomisaria Giovanna Garrasi, conocida por todos como Vanina, una mujer perspicaz y osada, que ha estado combatiendo con valentía al crimen organizado en su ciudad natal, Palermo, y que ahora está destinada en la comisaría de Catania. Allí cuenta con la ayuda inestimable de los inspectores Carmelo Spanò y Marta Bonazzoli, del médico forense Adriano Calí y del comisario retirado Biagio Patanè, con los que se embarcará en una investigación repleta de vericuetos y giros inesperados que conducirán a un final digno de las mejores novelas policíacas clásicas. Porque Arena negra es, sin duda alguna, un rendido homenaje al género negro, con innumerables guiños a obras y a autores consagrados, como el mismísimo Andrea Camilleri, cuya novela El perro de terracota parte de la misma anécdota argumental. En el caso de la obra del escritor siciliano, aparecían ocultos en una cueva, tras una falsa pared, los cadáveres de dos jóvenes que habían fallecido en plena Segunda Guerra Mundial, por lo que el comisario Montalbano se veía obligado a iniciar una investigación que anclaba sus raíces en el pasado, como hace ahora la subcomisaria Vanina con el cadáver de la villa de Sciara. No son estas las únicas similitudes con Montalbano: al igual que este, Vanina es una enamorada de la gastronomía siciliana, es inteligente, posee un acendrado y particular código ético, es fiel a sus amigos y arrastra traumas familiares. Y, como el policía ideado por la pluma de Camilleri, la subcomisaria palermitana ha venido para quedarse. Así lo demuestra el éxito de crítica y de público que ha tenido en Italia Arena negra, publicada originariamente en 2018, que ha animado a su autora, la oftalmóloga Cristina Cassar Scalia, a escribir tres novelas más, que verán la luz en España en los próximos años.

ESCRITOS CORSARIOS de Pier Paolo Pasolini

 PASOLINI EN ESTADO PURO


Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922 – Roma, 1975) es, sin duda alguna, uno de los intelectuales italianos más influyentes y controvertidos de la posguerra: profesor de universidad, escritor de ensayos, novelista, pintor, poeta, es conocido mundialmente como director de cine, faceta en la que nos dejó obras inolvidables y cargadas de polémica por su extrema violencia (como es el caso de Saló o los 120 días de la ciudad de Sodoma) o por su provocador erotismo (El Decamerón). En 1973, dos años antes de su misterioso asesinato en Ostia, presuntamente cometido por un joven chapero, Pasolini comenzó a escribir para el diario Corriere Della Sera una serie de artículos periodísticos que luego verían la luz en forma de dos libros póstumos: Escritos corsarios (que ahora publica en castellano Galaxia Gutenberg con prólogo de Alfonso Berardinelli y traducción de David Paradela) y Cartas luteranas. Conforman Escritos corsarios cuarenta y seis artículos que reflejan los temas que preocupaban al intelectual boloñés: el fenómeno de la aculturación y de la pérdida de identidad de los pueblos, el consumismo burgués, la literatura contemporánea, el cine, la política o la religión. Polemista incansable, poseedor de una cultura apabullante y de una dialéctica impecable, lo mismo ataca con denuedo a la jerarquía de la Iglesia Católica y a la Democracia Cristiana, que al Partido Comunista italiano, o se enfrenta con intelectuales coetáneos, por lo que el libro es una excelente muestra del pensamiento crítico de un autor complejo y contradictorio como pocos.

domingo, 17 de abril de 2022

GRAMÁTICA SOBRE LA LENGUA CASTELLANA de Elio Antonio de Nebrija

LA PRIMERA GRAMÁTICA DE UNA LENGUA VULGAR


En agosto de 1492, el mismo año en que se conquista el reino de Granada, se acomete la expulsión de los judíos y se lleva a cabo el descubrimiento de América, aparece la Gramática sobre la lengua castellana. Comenzada en Salamanca y concluida en Extremadura, adonde Antonio de Nebrija se había desplazado para acompañar a su benefactor, Juan de Zúñiga, es la primera gramática que versa sobre una lengua no clásica y también es la primera que se da a la imprenta. El humanista sevillano escribió tan importante obra con un triple propósito: por una parte, ordenar y estabilizar la lengua castellana, que en ese momento estaba sufriendo una importante revolución fonológica y gramatical; por otra, ayudar a los castellanohablantes al estudio de su propia lengua; finalmente, escribir un tratado que permitiese a los extranjeros el conocimiento del español. Dividida en cinco partes (letras, prosodia, partes de la oración, sintaxis y apéndice dedicado a los hablantes de otras lenguas que aprenden castellano), su terminología sigue la tradición de los estudios gramaticales del latín y del griego, pero con la incorporación de términos de su cosecha. Además, incorpora numerosos ejemplos extraídos de poemas de autores contemporáneos, principalmente, del cordobés Juan de Mena. A pesar de su importancia, la obra pasó desapercibida pues no volvió a imprimirse hasta el siglo XVIII, pero su influencia, tanto en las gramáticas de otras lenguas vulgares como en las que luego se escribieron sobre el castellano, es indiscutible.

ANTONIO DE NEBRIJA O EL RASTRO DE LA VERDAD de José Antonio Millán

 ANTONIO DE NEBRIJA, HUMANISTA Y HOMBRE DE MUNDO


En 2022 se cumplen quinientos años del fallecimiento de Elio Antonio de Nebrija, por lo que la fundación que lleva su nombre está patrocinando una serie de eventos y actividades para celebrar tan importante efeméride, entre los que se encuentra la publicación de libros sobre la vida y la obra de uno de los más influyentes y valiosos humanistas andaluces del Renacimiento. Entre estas publicaciones, destaca la biografía titulada Antonio de Nebrija o el rastro de la verdad, una entretenidísima semblanza del intelectual lebrijano escrita por José Antonio Millán, quien comparte con su biografiado una sólida formación como lingüista. ¿Quién mejor que él, que ha ejercido durante años como editor y traductor, que ha escrito novelas, libros de relatos y literatura infantil, que dirigió el primer diccionario electrónico de la Real Academia Española, que ha llevado a cabo numerosos estudios sobre lexicografía, semiótica y ortografía, para adentrarse en la vida y en la obra de un personaje tan enigmático como atrayente?
A diferencia de otras biografías al uso, no se trata de un libro extenso (doscientas ocho páginas). Esto, unido a un estilo ameno y ágil que, sin perder el rigor intelectual, no abruma con excesivos datos y tecnicismos científicos, la convierte en una obra de lectura accesible al lector medio, no especializado en la materia, que puede ampliar sus conocimientos merced a unas lecturas sugeridas al comienzo de la biografía. Esta cuenta, además, con una cronología y un índice de nombres y conceptos, que ayudan notablemente a seguir el itinerario vital del escritor y catedrático andaluz.
Antonio de Nebrija o el rastro de la verdad está dividida en cuatro partes y un inciso, titulado Interludio celeste, en el que el autor hace un alto en el camino, hacia la mitad del libro, para tratar, como él mismo indica, “de la cosmografía de la época, estrellas, paralelos y meridianos y otras cuestiones de gran aprovechamiento para nuestra historia”. Como no podía ser menos, la biografía sigue un orden cronológico en el relato de la vida de Nebrija, cuyo nacimiento y adolescencia quedan recogidos en Una formación. Los escasos datos con los que contamos sobre aquellos primeros años del intelectual sevillano los complementa José Antonio Millán con curiosidades de la época que versan sobre diversos aspectos de la vida cotidiana como el aprendizaje de las primeras letras de las manos del maestro de pueblo o los entretenimientos y juegos infantiles. Tras situarnos en la Lebrija de la primera mitad del siglo XV, el autor nos traslada rápidamente a Salamanca, en cuya prestigiosa universidad Antonio comenzó sus estudios de Bachillerato de Artes en 1458, que luego completó en el colegio español de la ciudad italiana de Bolonia, que contaba con la universidad más antigua de Europa, donde permaneció durante seis años hasta su regreso a España para servir a Alonso de Fonseca, etapa que es contada en la segunda parte (El retorno), así como su magisterio en la ciudad charra como catedrático de Gramática durante dos lustros, tiempo en el que contrajo matrimonio y nacieron casi todos sus hijos.
Como nos relata José Antonio Millán en la tercera parte (Las obras), en 1487, buscando prosperar, el humanista lebrijano partió hacia Extremadura al servicio de Juan de Zúñiga. Son años fructíferos, en los que publicó su famosísima Gramática sobre la lengua castellana y el Diccionario latino-español y español-latino, que terminaron con el regreso a Salamanca en 1505. A partir de esa fecha y hasta su fallecimiento en 1522, como aparece recogido en Las escrituras (cuarta parte), participará en la redacción de la Biblia políglota complutense, tendrá serios problemas con el tribunal de la Inquisición, se mudará a la recién creada universidad de Alcalá de Henares y mantendrá litigios con su impresor para defender la adecuada calidad y distribución de sus libros.
Antonio de Nebrija o el rastro de la verdad no es solo una breve y amena biografía, sino también el loable intento de revisar la visión que tradicionalmente se ha tenido del intelectual andaluz, al que hizo mucho daño la apropiación, por parte del Franquismo, de su figura en los años de la posguerra como símbolo del nacionalismo español más rancio, sobre todo por la famosa y malinterpretada frase “la lengua, compañera del imperio”. Frente a ello, se nos revela a un humanista interesado en las ganancias obtenidas con las ventas de sus obras y en la constante promoción como profesor opositando a cátedras cada vez más prestigiosas; inmerso en las luchas universitarias; defensor del latín como lengua de uso científico, del rigor filológico para el estudio de otras disciplinas, del indispensable acercamiento a los textos originales y de la gramática frente a la manipulación religiosa; comprometido con la libertad de pensamiento en una época dominada por la intolerancia de los inquisidores; preocupado por los quehaceres cotidianos, el bienestar familiar, las relaciones de pareja y la crianza de los hijos. En definitiva, un intelectual de primer orden, sí, pero también un hombre práctico y apegado a las cuestiones más terrenales de la existencia.

lunes, 28 de marzo de 2022

LA MUERTE ES MI OFICIO de Robert Merle

DE PROFESIÓN, ASESINO


Cuando en 1952 el escritor francés Robert Merle (Tébessa, 1908 – París, 2004) publicó La muerte es mi oficio, era ya un novelista consagrado, que había obtenido el prestigioso premio Goncourt unos años antes con su primera novela, Un fin de semana en Zuydcoote, que reflexionaba sobre el absurdo de la guerra. En el prefacio a la edición en francés de 1972, Merle reconocía que “era plenamente consciente de lo que hacía: escribía un libro a contracorriente” porque, después de la conmoción que supuso el descubrimiento de los campos de concentración nazis, la urgencia de la reconstrucción de una Europa devastada por la guerra y el deseo de pasar página arrinconaron en el olvido una literatura que pretendía ahondar en el conocimiento del holocausto judío y del exterminio sistemático de numerosos grupos étnicos, clasificados por Hitler y sus secuaces como inferiores. No fue hasta la década de los años setenta del pasado siglo cuando se produjo un nuevo acercamiento a la cuestión de la solución final, bien desde un revisionismo negacionista, bien desde una objetividad científica que sacaría a la luz todo el horror que el ser humano puede ser capaz de crear si se dan las circunstancias favorables para ello. Y fue a partir de aquella década cuando La muerte es mi oficio se convirtió en un libro indispensable para intentar comprender qué pasa por la mente de un monstruo como Rudolf Lang, trasunto literario del teniente coronel Rudolf Höss, comandante y máximo responsable de Auschwitz, el mayor campo de concentración que los nazis instalaron en Polonia, donde fueron exterminados, según sus propios cálculos, dos millones y medio de personas, desde su fundación en mayo de 1940 hasta su liberación por las tropas rusas en enero de 1945. Pero ¿quién era realmente Rudolf Höss? A partir de las confesiones que el propio comandante hizo a un psicólogo norteamericano que lo entrevistó cuando estaba detenido y de los documentos que se recopilaron en el proceso de Nuremberg, Merle recrea su vida desde su infancia hasta el momento en que espera su ajusticiamiento tras el juicio que lo condenó a morir en la horca en el mismo campo de concentración que había gobernado con puño de hierro durante la guerra. A lo largo de las más de trescientas páginas que tiene la edición de Sexto Piso, vamos conociendo en profundidad a este hombre taciturno y tímido, espartano en las costumbres y dotado especialmente para la logística y la organización, cualidades que fueron intuidas y apreciadas por Heinrich Himmler, el todopoderoso mariscal de las SS que lo convirtió en su hombre de confianza y en el máximo responsable de Auschwitz, donde llevó a cabo experimentos para mejorar la capacidad de eliminación masiva como la utilización del pesticida Zyclon-B en las cámaras de gas o la aplicación de los hornos crematorios para deshacerse de los cuerpos. Y en este estremecedor relato, en este descenso a unos infiernos que ni Dante había imaginado, sobrecoge comprobar cómo Höss era capaz de llevar una doble vida que le permitía ser un asesino despiadado en el campo de concentración y un cariñoso padre de familia cuando regresaba a casa, como si de un voluntarioso y obediente funcionario se tratase, tras una agotadora jornada laboral.

lunes, 14 de marzo de 2022

CUENTOS BASTARDOS

Generalmente, cuando me embarco en la aventura de escribir una novela, me dedico a ella durante un tiempo ─varios meses; a veces, uno año─ hasta que la tengo terminada. Luego el manuscrito queda en barbecho antes de iniciar el tedioso proceso de corrección; sin embargo, la gestación de Cuentos bastardos fue diferente, más parecida a como suele redactarse un libro de poemas. A partir de una premisa argumental y de ciertas cuestiones técnicas, que habrían de otorgar unidad al libro, inicié la escritura de una serie de cuentos breves cuya redacción se alargaría en el tiempo. Casi dos años transcurrieron entre el primer relato y el último porque no tenía previsto el argumento de cada uno desde el inicio ─como sí hago con las novelas─, sino que estos iban surgiendo en mi cabeza según los caprichos de las musas: había meses en que no escribía ninguno y semanas en las que se me ocurrían tres. 
Pero ¿cuál es el leitmotiv, el motor que da vida a todos los cuentos? Los últimos años del Franquismo y los primeros de la Transición engendraron citas que han quedado para la historia y una de ellas me ha llamado desde siempre la atención. Fue aquella que se le atribuye al dictador, quien, en el mensaje de fin del año 1969 ─yo contaba en ese momento con un escaso mes de vida─, dijo aquello de que «todo ha quedado atado y bien atado». 
Luego pasó lo que pasó. 
 
«La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida», cantaba Gato Pérez. 
Y es que es azarosa y poliédrica: ofrece mil caras y aristas. Cuando pensamos que lo tenemos todo atado y bien atado, que no queda ningún cabo suelto, surge algún imprevisto y… 
En Cuentos bastardos descubrirás que la vida nunca deja de sorprendernos. 
 
Estas palabras que acabas de leer fueron las que escribí para la contraportada del libro, que resumen de forma meridiana mis intenciones: contar una serie de desventuras en las que los personajes se llevan alguna que otra sorpresa desagradable al doblar la esquina.
¿Por qué precisamente Cuentos bastardos? Al principio, pensé en titularlo como uno de mis relatos preferidos, Perra vida, porque la vida no se porta, precisamente, de forma benévola con los protagonistas de estas historias, pero luego opté por utilizar la palabra «bastardos» con su doble significado: son cuentos que, siendo hijos míos, se salen de mi línea de creación habitual y ahondan en las miserias más vergonzantes de la condición humana: la corrupción, el nepotismo, la envidia, el abuso de poder, el insolidaridad, el egoísmo… Por las páginas del libro transitan asesinos despiadados, sátrapas, dictadores sanguinarios, terroristas sin escrúpulos, representantes del lumpen ─chorizos de tres al cuarto, sirleros, manguis de medio pelo, yonquis, quinquis─, pero también de las altas esferas y de las elites intelectuales ─en todos los grupos humanos cuecen habas─, que conforman mi particular historia de la infamia.
El libro está constituido por cincuenta y cinco relatos. Como ya he indicado anteriormente, los fui redactando a la manera en que suele hacerse un poemario: poco a poco, según iban surgiendo en mi imaginación. En un primer momento, pensé en escribir medio centenar, pero luego, cuando ya había enviado el manuscrito a la editorial La fuente vieja, sobrevinieron la pandemia y el confinamiento. Durante aquellos días aciagos, los seres humanos dimos sobradas muestras de lo mejor y también de lo peor. Inevitablemente, se me ocurrieron otros cinco cuentos más que añadí a los anteriores y que conforman el corpus definitivo. 
A pesar de tal cantidad de relatos, pienso que se trata de un libro que goza de una gran cohesión, que se la otorgan no solo la premisa argumental y el tipo de protagonista que aparece en ellos, sino también diversos aspectos formales y de estilo. 
Entre ellos, se encuentra la decisión de utilizar, como título, las últimas palabras de cada relato. Fui consciente de que podía incurrir en una especie de spoiler, pero consideré hacerlo así para generar en el lector unas expectativas que luego, si no acertaba el final, podían causarle mayor impresión. 
También hay un estilo intencionadamente sobrio y desnudo de artificio ─lo que no significa que las palabras no estén meditadas─ porque buscaba la agilidad narrativa, que el lector fuera llevado en volandas a un final impactante que lo noqueara en unos instantes. Esta agilidad intenté lograrla también utilizando la técnica del microrrelato. Salvo excepciones, los cuentos son muy breves ─unas cuantas líneas─ y dinámicos. 
Y, por último, está el humor, un humor ora sarcástico ora esperpéntico ora macabro, utilizado como una forma de distanciamiento ante los hechos narrados y que provoca en el lector un comportamiento paradójico: se escandaliza y anhela en su fuero interno ─esto me lo ha reconocido más de una persona que ha tenido a bien leerlos─ que le ocurra una desgracia al personaje en cuestión, es decir, se ríe con y de las desdichas ajenas. 
En fin, no sé si he logrado lo que pretendía ─como siempre, entretener; también, invitar a la reflexión─, pero sí puedo afirmar que lo he escrito en plena posesión de mis facultades literarias y, sobre todo, con honestidad intelectual.