Félix Ángel Moreno Ruiz

lunes, 14 de marzo de 2022

CUENTOS BASTARDOS

Generalmente, cuando me embarco en la aventura de escribir una novela, me dedico a ella durante un tiempo ─varios meses; a veces, uno año─ hasta que la tengo terminada. Luego el manuscrito queda en barbecho antes de iniciar el tedioso proceso de corrección; sin embargo, la gestación de Cuentos bastardos fue diferente, más parecida a como suele redactarse un libro de poemas. A partir de una premisa argumental y de ciertas cuestiones técnicas, que habrían de otorgar unidad al libro, inicié la escritura de una serie de cuentos breves cuya redacción se alargaría en el tiempo. Casi dos años transcurrieron entre el primer relato y el último porque no tenía previsto el argumento de cada uno desde el inicio ─como sí hago con las novelas─, sino que estos iban surgiendo en mi cabeza según los caprichos de las musas: había meses en que no escribía ninguno y semanas en las que se me ocurrían tres. 
Pero ¿cuál es el leitmotiv, el motor que da vida a todos los cuentos? Los últimos años del Franquismo y los primeros de la Transición engendraron citas que han quedado para la historia y una de ellas me ha llamado desde siempre la atención. Fue aquella que se le atribuye al dictador, quien, en el mensaje de fin del año 1969 ─yo contaba en ese momento con un escaso mes de vida─, dijo aquello de que «todo ha quedado atado y bien atado». 
Luego pasó lo que pasó. 
 
«La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida», cantaba Gato Pérez. 
Y es que es azarosa y poliédrica: ofrece mil caras y aristas. Cuando pensamos que lo tenemos todo atado y bien atado, que no queda ningún cabo suelto, surge algún imprevisto y… 
En Cuentos bastardos descubrirás que la vida nunca deja de sorprendernos. 
 
Estas palabras que acabas de leer fueron las que escribí para la contraportada del libro, que resumen de forma meridiana mis intenciones: contar una serie de desventuras en las que los personajes se llevan alguna que otra sorpresa desagradable al doblar la esquina.
¿Por qué precisamente Cuentos bastardos? Al principio, pensé en titularlo como uno de mis relatos preferidos, Perra vida, porque la vida no se porta, precisamente, de forma benévola con los protagonistas de estas historias, pero luego opté por utilizar la palabra «bastardos» con su doble significado: son cuentos que, siendo hijos míos, se salen de mi línea de creación habitual y ahondan en las miserias más vergonzantes de la condición humana: la corrupción, el nepotismo, la envidia, el abuso de poder, el insolidaridad, el egoísmo… Por las páginas del libro transitan asesinos despiadados, sátrapas, dictadores sanguinarios, terroristas sin escrúpulos, representantes del lumpen ─chorizos de tres al cuarto, sirleros, manguis de medio pelo, yonquis, quinquis─, pero también de las altas esferas y de las elites intelectuales ─en todos los grupos humanos cuecen habas─, que conforman mi particular historia de la infamia.
El libro está constituido por cincuenta y cinco relatos. Como ya he indicado anteriormente, los fui redactando a la manera en que suele hacerse un poemario: poco a poco, según iban surgiendo en mi imaginación. En un primer momento, pensé en escribir medio centenar, pero luego, cuando ya había enviado el manuscrito a la editorial La fuente vieja, sobrevinieron la pandemia y el confinamiento. Durante aquellos días aciagos, los seres humanos dimos sobradas muestras de lo mejor y también de lo peor. Inevitablemente, se me ocurrieron otros cinco cuentos más que añadí a los anteriores y que conforman el corpus definitivo. 
A pesar de tal cantidad de relatos, pienso que se trata de un libro que goza de una gran cohesión, que se la otorgan no solo la premisa argumental y el tipo de protagonista que aparece en ellos, sino también diversos aspectos formales y de estilo. 
Entre ellos, se encuentra la decisión de utilizar, como título, las últimas palabras de cada relato. Fui consciente de que podía incurrir en una especie de spoiler, pero consideré hacerlo así para generar en el lector unas expectativas que luego, si no acertaba el final, podían causarle mayor impresión. 
También hay un estilo intencionadamente sobrio y desnudo de artificio ─lo que no significa que las palabras no estén meditadas─ porque buscaba la agilidad narrativa, que el lector fuera llevado en volandas a un final impactante que lo noqueara en unos instantes. Esta agilidad intenté lograrla también utilizando la técnica del microrrelato. Salvo excepciones, los cuentos son muy breves ─unas cuantas líneas─ y dinámicos. 
Y, por último, está el humor, un humor ora sarcástico ora esperpéntico ora macabro, utilizado como una forma de distanciamiento ante los hechos narrados y que provoca en el lector un comportamiento paradójico: se escandaliza y anhela en su fuero interno ─esto me lo ha reconocido más de una persona que ha tenido a bien leerlos─ que le ocurra una desgracia al personaje en cuestión, es decir, se ríe con y de las desdichas ajenas. 
En fin, no sé si he logrado lo que pretendía ─como siempre, entretener; también, invitar a la reflexión─, pero sí puedo afirmar que lo he escrito en plena posesión de mis facultades literarias y, sobre todo, con honestidad intelectual.

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