Félix Ángel Moreno Ruiz

domingo, 24 de octubre de 2021

SIETE NOVELAS CORTAS de Carmen Laforet

 HEROÍNAS Y ABNEGADAS


1944 fue el año de la publicación de Nada, una novela que llegó como un soplo de aire fresco al árido panorama literario español de la posguerra. Ese mismo año se alzó con el Premio Nadal y su autora, una joven Carmen Laforet, que en ese momento contaba con veintitrés años, deslumbró al público y a la crítica por su madurez, la posesión de un estilo literario propio y la capacidad de recrear literariamente el malestar existencial de una de las épocas más oscuras y miserables de la España contemporánea. Entre la publicación de su segunda novela, La isla y los demonios, en 1952, y la tercera, La mujer nueva, en 1955, Carmen escribió siete novelas breves que ahora la editorial palentina Menoscuarto publica con un esclarecedor prólogo de Álvaro Pombo y con una emotiva nota introductoria de su hijo Agustín Cerezales, para conmemorar el centenario de la autora catalana. 

Las siete novelas (o relatos extensos porque algunas no alcanzan tal categoría por su excesiva brevedad) poseen, pese a la variedad de contenidos y de argumentos, varios nexos en común que permiten editarlas en un único libro. En primer lugar, está su particular estilo, reconocible desde la primera línea: un lenguaje cuidado, un marcado carácter pedagógico en el que se atisban también leves notas de humor inteligente e irónico, la maestría en la construcción de los diálogos y las apreciaciones de un narrador omnisciente que da su particular punto de vista de lo que les acontece a los personajes. Además, las siete novelas están protagonizadas por mujeres que, de alguna u otra forma, nos recuerdan a la joven Andrea de Nada: en El piano, es Rosa, una mujer casada que se ve obligada a deshacerse de su única herencia, un magnífico piano de cola, para poder subsistir; en La llamada, es doña Eloisa, una venerable anciana que tiene que lidiar con una sobrina estrambótica y enajenada; en El viaje divertido, es Elisa, una abnegada ama de casa que abandona por unos días la casa familiar para hacer un merecido viaje de descanso; en La niña, es Carolina, una mujer que ha sacrificado toda su vida por la familia de su hermana fallecida y por cualquier persona anónima que necesita su ayuda; en Los emplazados, es Teresa, una joven maestra que se ve atrapada en el horror de la guerra; en El último verano, es doña Pepita, desahuciada por los médicos y a quien sus hijos le dan como último regalo una vacaciones de despedida; en Un noviazgo, es Alicia, una sufrida secretaria a quien su jefe propone matrimonio. Todas ellas comparten un sentimiento de altruismo, todas son víctimas propiciatorias que se ofrecen en sacrificio por el bien de los demás. La misma autora las calificó en su día como beatas por el carácter santo de los personajes, dotados de un sentido de la bondad y de la generosidad muy superior al resto de sus congéneres. Y, como en Nada, en el ambiente de todos los relatos flota una desagradable sensación de opresión, de hambre, de privación y de injusticia.


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