Recientemente, visité el Monasterio de El Escorial. Al deambular por sus estancias, me vino a la memoria aquella frase que se le atribuye a Felipe II cuando supo que la Armada Invencible había perecido, víctima de una tormenta, en el Canal de la Mancha:
-No mandé mis naves a luchar contra los elementos.
Pues eso.
Me gustaría enviar mis novelas a batirse, en justa lid, a concursos literarios no amañados o a editoriales decentes.
No mando mis novelas a luchar contra los elementos.
No merece la pena.
Prefiero guardarlas en puerto seguro hasta que lleguen, si llegan, tiempos de bonanza.
Félix Ángel Moreno Ruiz
viernes, 31 de enero de 2020
sábado, 11 de enero de 2020
DAMAS ASESINAS de Lori Telfer
ASESINAS EN SERIE
Con una prosa limpia (que permite una lectura fácil y amena) y con un estilo socarrón e irónico, la autora nos presenta el retrato de las asesinas en serie más afamadas de la historia: la torturadora rusa Darya Nikolayevna Saltykova, quien con casi toda seguridad habría sido admirada por el conde rumano Vlad III, conocido como el Empalador, de haber coincidido en la misma época; la francesa Marie-Madeleine, marquesa de Brinvilliers, reina de las envenenadoras; la norteamericana Nannie Doss, apodada la Abuelita risueña, o la irlandesa Alice Kyteler, la Hechicera de Kilkenny. ¿Qué tuvieron en común estas y otras mujeres que aparecen en el libro? En palabras de Tori Telfer, “eran listas, hoscas, maquinadoras, seductoras, temerarias, egoístas, delirantes y estaban dispuestas a hacer lo que fuera para abrirse camino hacia lo que ellas consideraban una vida mejor. Eran despiadadas e implacables. Estaban perdidas y confundidas. Eran psicópatas y asesinaban a niños. Pero no eran lobas. No eran vampiras. No eran hombres. Las crónicas lo demuestran una y otra vez: eran terrible, intrínseca e ineludiblemente humanas”. Y, tal vez por eso, despiertan nuestro interés.
martes, 31 de diciembre de 2019
NACIMIENTO Y MUERTE DEL AMA DE CASA de Paola Masino
EN DEFENSA DE LA MUJER
domingo, 15 de diciembre de 2019
VIAJE INTERIOR
Coincidiendo
con la entrega del Premio Nobel de Literatura el diez de diciembre en Estocolmo
a Peter Handke (que comparte con la poeta polaca Olga Tokarczuk tras el escándalo que obligó a la organización a dejarlo desierto el año anterior), Alianza Editorial, que
ya se había encargado de editar en España gran parte de la obra del escritor
austriaco, publica La ladrona de fruta o
Viaje de ida al interior del país,
novela que apareció originariamente en alemán en 2017.
Nacido
en plena Segunda Guerra Mundial en Griffen (Austria), en el seno de una familia
de origen esloveno por parte materna y marcado por las duras condiciones de la
posguerra en los países perdedores y por el suicidio de su madre, Handke inicia
su andadura como dramaturgo en los años sesenta con piezas vanguardistas que le
granjean una merecida fama de autor experimentalista. En 1966 publica su
primera novela (Los avispones) y, a
partir de ese momento, a la par que crece su prestigio como escritor y como
guionista cinematográfico, comienza su pasión por viajar. Trotamundos
incansable, ha recorrido a pie multitud de regiones del planeta, con una
especial predilección por las tierras españolas, que ha visitado en repetidas
ocasiones. Sus impresiones y reflexiones las ha volcado en libros y ensayos, en
los que también ha manifestado su compromiso social, una actitud beligerante
hacia la política ultraderechista de su país o la defensa del régimen serbio
(no exenta de polémica) durante el conflicto bélico en los Balcanes.
La ladrona de fruta es Handke en
estado puro y un claro ejemplo de su particular forma de escribir. El reciente
Premio Nobel es un autor introspectivo, una rara
avis que ha creado una obra con un estilo muy personal, en el que
predominan las reflexiones y los aforismos. Si la contemplación de la magdalena
en el inicio de Á la recherche du temps
perdu lleva al joven Marcel a iniciar un viaje hacia su interior
atravesando la región de los recuerdos, la historia narrada en La ladrona de fruta comienza “en uno de
aquellos días de pleno verano en que uno anda descalzo por la hierba y por
primera vez en el año es picado por una abeja”. La picadura del insecto es,
precisamente, el acicate que necesita el narrador para ponerse en movimiento y
para fijarse en la ladrona de fruta, Alexia, hija de la protagonista de La pérdida de imagen, una banquera que
recorrió unos años antes la Sierra de Gredos. En esta ocasión, Alexia realiza
un viaje de tres días por tierras francesas que es, también, una búsqueda
madura del verdadero yo al tiempo que Handke fija su mirada crítica y perspicaz
en los males que acechan a la Europa actual: el envejecimiento de la población
y sus consecuencias, el deterioro del medioambiente, la desestructuración
familiar y la pérdida de valores en una sociedad dominada por el culto a la
banalidad de lo efímero y lo superficial.
ANATOMÍA SENSIBLE de Andrés Neuman
ODA AL CUERPO HUMANO
El
escritor hispano-argentino Andrés Neuman (Buenos aires, 1977) es uno de los
autores en lengua española con mayor proyección internacional. A sus cuarenta y
dos años, ha recibido prestigiosos premios como el de la Crítica, el Alfaguara
o el Hiperión por una prolífica y polifacética obra que incluye traducciones,
novela, cuento, poesía, libros de viajes, aforismos y artículos periodísticos.
Su
última producción, Anatomía sensible,
es difícil de clasificar. Formalmente, podría tratarse de un libro de relatos,
cuyos protagonistas son las distintas partes de cuerpo humano, pero una lectura
atenta nos permite descubrir que, siempre inquieto, Neuman da una vuelta de
tuerca al género para ofrecernos un interesante experimento que se encuentra a
medio camino entre la poesía y las reflexiones filosóficas y eróticas. Como se
indica en la contraportada del libro, Anatomía
sensible “es una celebración del cuerpo en toda su plenitud”, del cuerpo
humano real, de carne y hueso, no del idealizado por las revistas y por los
gurús de la moda. Neuman se recrea en todas las partes (incluido el aparato
genital) con todas sus imperfecciones que son, en realidad, naturales y
hermosas. Y lo hace con un lenguaje repleto de imágenes sensuales que, en
ocasiones, desborda el cauce de la prosa para adentrarse en el universo de un
lirismo cadencioso y hechizante.
viernes, 6 de diciembre de 2019
LA HOGUERA DE LAS VANIDADES
Los hechos son, al parecer, los siguientes: un entrenador de primer orden es contratado para dirigir a la Selección Nacional. Lógicamente, se lleva consigo al cuadro técnico que lo ha acompañado en su carrera. Comienza su labor, pero la repentina y gravísima enfermedad de su hija lo obliga a abandonar su puesto para estar junto a ella en tan duros momentos. Inmediatamente, se hace cargo de la Selección quien ha venido desempeñando, hasta ese momento, el cargo de segundo técnico. Tras el fallecimiento de la niña y después de pasar el período inevitable de duelo, el entrenador se ve con fuerzas para regresar al trabajo. Es entonces cuando la Federación decide destituir a su sustituto (que, al parecer, no lo estaba haciendo nada mal) y reintegrarlo en el puesto que había dejado unos meses antes. La historia termina con unas desafortunadas declaraciones de ambos entrenadores, que se cruzan reproches, palabras gruesas y donde queda en evidencia la ruptura de una relación de varios años que, hasta ese momento, no solo había sido profesional sino de amistad.
A mí no me atrae especialmente el fútbol y, menos aún, su mundo y todo lo que lo rodea (contratos estratosféricos, el culto a la competitividad malsana y a ganar a toda costa). De hecho, detesto la mitificación de ciertos jugadores y lo que representan (el éxito rápido, la ostentación hortera y obscena del dinero, los comportamientos pueriles) porque son perniciosos ídolos para la juventud actual. Si la historia anterior me ha interesado, si la he seguido en la prensa, ha sido por el interés humano y por la lección moral que encierra porque presenta similitudes con un tipo de relación tóxica que se produce, en no pocas ocasiones, entre una figura que destaca en alguna disciplina y su subalterno.
Cuando un discípulo se acerca a un maestro, suele hacerlo motivado por la sincera admiración que siente hacia él y también por una natural necesidad de encontrar a alguien que lance una carrera que acaba de nacer. No es nadie, no posee influencias ni amistades provechosas y se agarra como un clavo ardiendo a alguien que puede ayudarlo. El maestro, que percibe su valía, lo recibe con una generosidad no exenta de vanidad porque al ser humano le agrada saberse admirado y convertirse en una especie de Pigmalión, que moldea a un inferior a su imagen y semejanza. A veces, aprovecha la ocasión para abusar del pupilo y de su trabajo, con la vana promesa de su ayuda.
Pasa el tiempo y, poco a poco, el discípulo, como alumno aplicado que es, aprende las técnicas y los trucos de su maestro y accede a sus contactos. En cuanto este se percata de que el polluelo vuela solo y de que lo hace con majestuosidad, comienzan las susceptibilidades y el distanciamiento. La ruptura, inevitable y definitiva, se produce cuando el otrora alumno se atreve a competir con su tutor y le disputa las mismas presas. Entonces, este, indignado, reniega de su antiguo discípulo, al que considera un medrador, que se había acercado a él por puro interés. Por su parte, el protegido, ya en la cúspide, minusvalora y desprecia la ayuda pues considera que él está donde está por sus propios méritos.
Hay un clásico del cine que refleja en toda su crudeza lo que acabo de describir: Eva al desnudo de Joseph Mankiewicz, en el que una aspirante a actriz, Eve Farrington, aborda a la estrella Margo Channing para conseguir una oportunidad. A lo largo de la película, Eve se muestra como una persona arribista y sin escrúpulos, capaz de todo para conseguir su sueño. Cuando, por fin, alcanza el éxito, otra joven se le acerca y Eva contempla en sus ojos la misma ambición y osadía que albergaba en su interior cuando era una desconocida.
Por desgracia, son muchos los ejemplos paradigmáticos de esta relación tóxica que jalonan la historia de la Humanidad. Aunque se da en cualquier ámbito de la vida (incluido el científico), es en el mundo de las Artes, por su componente narcisista, donde más abunda. Como ilustración, podría citarse algún caso llamativo, como la particular relación que mantuvo Juan Ramón Jiménez con varios poetas de la llamada Generación del 27. El mecenazgo generoso del escritor onubense se convirtió en un cruce de desplantes y de despropósitos porque la personalidad del Premio Nobel, desmesurada y desmesurante, chocó pronto con unos jóvenes repletos de talento y, también, de soberbia. De esta forma, el maestro amado se convirtió luego en objeto de mofa y de desprecio.
En fin, historias de egolatría, de ambiciones desmedidas, de deslealtad, de traición, que son el combustible necesario para alimentar la hoguera.
La hoguera de las vanidades.
domingo, 24 de noviembre de 2019
EL NIÑO QUE COMÍA LANA de Cristina Sánchez-Andrade
GALICIA PROFUNDA
El
tremendismo es una corriente literaria que se cultivó profusamente en los
primeros años de la posguerra, caracterizada por un lenguaje crudo que retrata
ambientes desagradables y violentos con personajes marginales. La novela
paradigmática de este estilo fue La
familia de Pascual Duarte, en la que un condenado que está esperando en la
celda la hora de su ajusticiamiento por garrote vil cuenta las malaventuras de
una vida dominada por la pobreza, la enfermedad y el crimen. Al adentrarnos en
los quince relatos que componen El niño
que comía lana, la última obra de la escritora gallega Cristina
Sánchez-Andrade (Santiago de Compostela, 1968), inevitablemente acude a nuestra
mente el recuerdo de la novela de Camilo José Cela y de otros clásicos como Los gozos y las sombras de Torrente
Ballester, A esmorga de Eduardo
Blanco Amor o Los pazos de Ulloa de
Emilia Pardo Bazán, libros, estos últimos, en los que se hace un retrato agrio
de la Galicia profunda y de sus males endémicos: el atraso económico, el
caciquismo o la emigración.
Cristina
Sánchez-Andrade es, sin lugar a dudas, una de las grandes voces femeninas del
panorama literario actual. Autora de una decena de novelas y de varios libros
de relatos, posee un estilo propio, reconocible en cualquiera de sus escritos y
que en El niño que comía lana se
manifiesta con rotundidad. A veces, con una crudeza extrema y, a veces, con el
ropaje de la sutilidad, nos adentramos en la vida de unos personajes que
transitan por los distintos cuentos: en unos son protagonistas y en otros,
secundarios o evocaciones del pasado que sirven para dar unidad y para crear un universo temático que
convierte el libro en algo más que un conjunto de relatos porque las historias
contadas se interrelacionan, tejen y destejen las distintas tramas, trasvasan
los límites del cuento, aparecen y desaparecen.
Siguiendo
los postulados tremendistas, por la obra deambulan nobles degenerados, niños
envejecidos prematuramente por una vida miserable, seres que actúan movidos por
la desesperación más extrema o por patologías mentales, episodios de violencia
absurda y gratuita, crueldad y hambre, mucha hambre. Aunque predomina el
retrato de la Galicia rural de la primera mitad del siglo XX, algunos relatos
están ambientados en la actualidad, lo que otorga vigencia a un modelo que, en
principio, pertenece a otra época. Si ya de por sí las historias subyugan por
su impacto visual, la plasticidad del lenguaje, en el que predominan las
continuas referencias al mundo de los sentidos (Cristina Sánchez-Andrade posee
la habilidad de crear poderosas imágenes sobre el olor, el sabor y el tacto que
tienen la miseria y la podredumbre), atrapa al lector desde la primera página y
lo sumerge en un mundo que repulsa y atrae a partes iguales.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




